¿Cuánto
valen los valores?
Autor: Thomas Williams
En los años recientes
se ha prestado mucha atención, no sin motivo, al tema de los valores,
particularmente en los foros públicos. La palabra misma y sus derivados, como
valioso, sugieren algo sumamente importante e interesante. Estas expresiones
nos atraen casi por instinto: parecen comunicar algo fundamental, algo que yace
en la raíz de nuestra experiencia.
Pero, a pesar del atractivo de la palabra, es difícil explicar exactamente qué
entendemos por «valores». Aunque a primera vista el concepto parece el mismo en
los ámbitos de la economía y el de la experiencia humana, un análisis más
atento revela diferencias sustanciales, que son decisivas para comprender los
valores en la esfera humana.
Precio y valor
En términos económicos,
«valor» es un concepto fácil de entender. Está estrechamente ligado al «precio»
y tenemos la suerte de contar con un medio de intercambio, el dinero, que
permite colocar toda propiedad o servicio en una escala universal de valor:
basta comparar el precio de dos artículos para determinar cuál es más
«valioso».
Esto es comprensible en un sistema económico. Pero, ¿se puede aplicar sin más
al campo de los valores humanos? La vida nos ofrece muchos valores a los que no
podemos pegar una etiqueta con el precio. ¿Cuánto pagaríamos por una familia
sólida y unida? ¿cuánto podría costar un amigo leal, un socio honesto...? «No
puedo comprar amor con dinero», cantaban los Beatles. Todos estos valores:
humanos, religiosos, morales..., ¿pueden basarse en el mismo principio
subjetivo del deseo personal?
Muchos dirán que sí. De hecho, el modelo económico es el que prevalece cuando
se habla de valores en la sociedad moderna. Se consideran como un asunto
personal, un producto de los deseos y de las preferencias individuales o
colectivas. De este modo los valores se reducen a una expresión de sentimientos
personales, como la preferencia de un color en vez de otro o de un deporte en
vez de otro. Otros consideran, en cambio, que los valores tienen un elemento de
estabilidad y objetividad. Esto permite calificarlos como buenos o malos,
profundos o superficiales, superiores o inferiores.
En definitiva, el problema es saber si hay en la vida algunas cosas que
realmente son mejores que otras y si vale la pena luchar por algunas cosas y
por otras no. Si todo es arbitrario, si dan lo mismo la honestidad y la
deshonestidad, la guerra y la paz, la educación y la ignorancia, entonces no
tiene sentido hablar de valores desde un punto de vista objetivo.
La aplicación del modelo económico a los valores humanos en general tiene dos
inconvenientes. El primero es la subjetividad, que separa los valores de la
realidad de la existencia humana. En las cosas de poca monta, los valores
pueden variar. En cambio, cuando hablamos de valores humanos, es decir, ligados
a nuestra naturaleza humana, hay necesariamente una mayor estabilidad. Salir a
correr por las tardes o hacer dieta puede ser cuestión de moda; la salud es
siempre un valor de la persona humana.
La segunda dificultad estriba en colocar todos los valores en el mismo nivel
como si fueran conmensurables: pasarlos por el mismo rasero. En economía esto
funciona bien: todos los productos de consumo están en una escala común porque
se miden por su valor monetario. Los valores humanos no pueden someterse al
mismo mecanismo. La sinceridad, por ejemplo, no puede compararse con un buen
almuerzo. La sinceridad y la comida son valores, pero en niveles esencialmente
diferentes.
Lo que cuenta de verdad
Los genuinos valores se
basan no sólo en el factor subjetivo del deseo, sino también en el elemento
objetivo de su mérito intrínseco. Podríamos decir, como definición
metodológica, que un valor es un
bien que es reconocido y apreciado como bien, o, más brevemente, es un bien
para mí.
Se pueden distinguir claramente dos dimensiones:
(1) un valor debe ser algo bueno (dimensión objetiva), y
(2) yo debo reconocer su bondad para mí (dimensión subjetiva).
Las dos son esenciales.
Nada podrá atraerme o motivarme para actuar si yo no reconozco o aprecio en
ello un bien para mí. Por tanto, no será un valor para mí. Nicolás Maquiavelo,
gran escritor y político del Renacimiento y autor de «El Príncipe», no
apreciaba la honradez porque la veía como obstáculo para un gobierno eficiente.
Así, la honestidad -algo de por sí bueno- no constituyó un valor para su vida,
porque no fue capaz de reconocer su bondad.
Por otra parte, un verdadero valor debe ser objetivamente bueno. Podemos
sentirnos atraídos por algo que parece un bien, pero que en realidad no lo es.
Aunque algunos drogadictos deseen la heroína apasionadamente, ésta no podrá ser
un verdadero valor porque los daña como personas.
Así pues, los valores no son puramente objetivos, independientes de la persona;
pero tampoco son puramente subjetivos, mero fruto de los propios deseos. Se
requieren los dos factores. Recordemos la sentencia de Shakespeare: «No todo lo
que brilla es oro». No todo lo que parece bueno es bueno.
La crisis de la modernidad
La idea de que los
valores son una creación individual se remonta a las teorías de varios
filósofos existencialistas como Nietzsche, Heidegger, Sartre, de Beauvoir y
Polin. También está presente en diversas escuelas psicológicas, especialmente
en Carl Rogers y Abraham Maslow. De los años sesenta a los ochenta, esta
corriente ideológica se infiltró en el sistema educativo americano hasta llegar
a ser el modelo más popular.
En las escuelas, más que enseñarse a los alumnos a reconocer los verdaderos
valores y a ponerlos en práctica, se les instaba a «esclarecer» sus propios
valores sin hacer mucho caso de la realidad objetiva. Se exigía a los
profesores, además, que propiciaran una mentalidad abierta en los alumnos,
dejando de lado los prejuicios y las imposiciones cuando se trataba de valores.
Se aplicó esta técnica por igual al hablar de la ética sexual, del respeto a
los propios padres y a la autoridad, del uso de drogas, del aborto, de la
eutanasia y de otras cuestiones de la vida humana. Los efectos han sido tan
vastos y asoladores que muchos ya no logran distinguir sencillamente entre lo
bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Como ha dicho recientemente el
escritor francés André Frossard: «La primera premisa de la modernidad es que no
hay valores, ningún valor en absoluto; sólo hay opciones y opiniones». Esto
equivale a decir que se ha perdido el sentido de la objetividad de los valores,
para fijarse sólo en los valores que cada uno se cocina por su cuenta.
Aunque la sociedad moderna quiere proclamarse totalmente imparcial ante los
valores, existen, con todo, al menos dos valores que suelen presentarse como
absolutos: el valor de la tolerancia y el valor del pluralismo.
¿Tolerancia auténtica, o un sucedáneo barato?
La tolerancia,
es decir, el respeto incondicional a los demás y a sus ideas, se promueve como
el bien supremo e inequívoco. La tolerancia es, sin duda, un gran bien, pero no
es el único bien. La tragedia empieza cuando se llama tolerancia a lo que en
realidad no lo es. Muchos consideran tolerancia lo que no es más que
indiferencia o escepticismo.
La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera interesarse, por
los demás. «Cada uno puede pensar lo que quiera, con tal que no perjudique a
nadie» -especialmente a mí-. Voltaire identificó la tolerancia con lo que, en
lenguaje actual, se dice: «no te metas en lo que no te importa». Santo Tomás de
Aquino era para él un intolerante porque se atrevió a desear en sus escritos
que todo el mundo fuese cristiano. Pero para santo Tomás aquello era lo mismo
que desear que todo el mundo fuese feliz. ¿Alguno consideraría intolerancia
desear que todo el mundo goce de buena salud o sea bien educado -aunque esto
implique «intolerancia» contra la enfermedad y la mala educación-? La verdadera
tolerancia de ninguna manera implica indiferencia en relación con nuestro
prójimo.
El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la existencia de
la verdad o, al menos, de nuestra capacidad para encontrarla. Relega los
valores personales al ámbito de la «opinión», que se contrapone al de los
«hechos». Los hechos se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión personal
y es mejor reservarlas para uno mismo.
La confusión se origina en gran parte por no distinguir entre el respeto a
alguien y el respeto a las ideas de alguien. No son lo mismo. Las ideas tienen
que ganarse el respeto; las personas ya se lo merecen, por su dignidad de hijos
de Dios. No necesitas probarme tu valía para merecer mi amor. El solo hecho de
que seas persona humana, creada por el amor de Dios a su imagen y semejanza, me
basta.
Pero, ¿y las ideas? Las hay de todos tamaños, colores y sabores: verdaderas y
falsas; ridículas y serias, brillantes y aburridas, diabólicas y divinas. Te
respeto y defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque Dios te ha hecho
libre y digno de respeto. Pero no dudaré en sopesar tus ideas para escudriñar
su propio valor. Algunas serán aceptables; otras quizá tendrán que ser
rechazadas.
La auténtica tolerancia no exige que abandonemos nuestras convicciones, sino
que respetemos la inviolabilidad de la conciencia ajena y su derecho a seguir
sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente malo el uso de la
fuerza para cambiar el modo de pensar de alguno, aunque estemos ciertos de que
está equivocado.
Ahora bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas son «toleradas»; se
aceptan, más bien, porque son razonables, por su propio peso. Los errores, en
cambio, algunas veces son tolerados en vista de un bien mayor: por ejemplo, el
respeto hacia una persona. Esta es la esencia de la genuina tolerancia. Con
respeto, pero con decisión, debemos esforzarnos por guiar a los demás hacia una
existencia cada vez más plena, mostrándoles el camino que lleva a los valores
superiores.
El considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva finalmente un serio
problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos la viruela, ni el
abuso de menores, ni la contaminación de aceite en los mares, ni otros muchos
males que aquejan a la sociedad. George Bernard Shaw escribió: «Podemos hablar
de tolerancia como queramos, pero la sociedad siempre tendrá que trazar en
alguna parte una línea divisoria entre la conducta aceptable y la locura o el
crimen».
¿Pluralidad o pluralismo?
Juntamente con la
tolerancia, la sociedad contemporánea promueve el valor del pluralismo. El
pluralismo se puede entender de dos maneras. Uno es el reconocimiento objetivo
de que existe la diversidad. El otro considera que se ha de buscar como ideal
una creciente diversidad.
De acuerdo con el primer significado, el pluralismo es un simple reconocimiento
de que la pluralidad existe y que, por tanto, se han de tomar en cuenta los
diversos modos de pensar y de comportarse. Las personas que son diferentes
tienen necesidades diferentes; hemos de tomar en consideración las necesidades
particulares de todos y no sólo las de aquéllos que son como nosotros.
La otra forma de pluralismo parece más bien una ideología. Esta ideología
sostiene que para que haya una sociedad perfecta o ideal es necesario
construirla sobre la variedad más amplia posible de valores. La variedad es
buena. La uniformidad es mala.
A primera vista esta postura parece plausible y los argumentos de sus
expositores convincentes. Después de todo, ¿no le da la variedad «sabor» a la
vida? Sin embargo, al pretender aplicar este principio a los valores nos
topamos con dos dificultades. Ante todo, ¿la variedad es un bien absoluto?
Parecería, más bien, que es buena en la medida en que complementa y perfecciona
el todo.
En el caso de un jardín, es verdad que el añadir diversas especies de flores
aumenta la belleza y la armonía del conjunto, pero sólo porque cada una de
ellas es bella en sí misma. ¿Qué pasaría si dispersásemos latas de cerveza,
bolsas de plástico y cáscaras de naranja en medio de las flores? La variedad
aumentaría, pero se destruiría la belleza. De modo similar, un valor humano
completa y perfecciona nuestra naturaleza y contribuye a la armonía de la
persona. La variedad es buena solamente cuando los elementos individuales que
la componen son buenos. Ningún organismo puede constituirse de pura diversidad.
La segunda falacia de esta línea de argumentación es la suposición de que toda
uniformidad es mala. Yo diría, más bien, que el conformismo y el inconformismo
son siempre parámetros insuficientes para actuar, mientras que la uniformidad
puede ser buena o mala dependiendo de otros factores.
El conformista y el que se opone obstinadamente a todo no son contrarios,
aunque lo parezcan. En realidad sólo cantan dos versiones de la misma pieza. Su
mayor defecto es que asumen la conducta de los demás como criterio para sus
acciones, en lugar de apelar a sus propios principios. El conformista es un
imitador de la conducta ajena. El opositor obstinado observa el proceder de los
demás y actúa, como por reflejo, de modo diverso. En realidad, estos dos
comportamientos demuestran inseguridad y excesiva dependencia de los demás. El
conformista y el opositor dejan su libertad personal en manos de la moda, de la
opinión pública, de lo que es socialmente aceptable, en lugar de tomar
decisiones basadas en sus propias convicciones.
La uniformidad, en cambio, resulta natural y buena si lo que todos escogen es
un valor en sí mismo. Si todos fuésemos leales, rectos y trabajadores,
tendríamos más uniformidad, y no por eso la sociedad se tornaría insípida o
aburrida. La uniformidad o la «mismidad» es secundaria. Yo hago lo que creo que
es bueno, independientemente de lo que hagan los demás. Si ellos hacen lo mismo
que yo, bien. Si no, ¿tendré por ello que comportarme de otro modo?
¿Libertad o anarquía?
Surge incluso un
problema aún mayor y de más graves consecuencias cuando se cree que los valores
son puramente subjetivos. Si afirmamos que no existe ningún bien para el hombre
fuera de sus deseos personales e individuales, estamos preparando el pedestal
para la anarquía. La sociedad propondrá la tolerancia como principio, pero
siempre habrá quién verá las cosas de otro modo.
Puesto que los valores no se pueden «imponer», el intolerante tendrá el mismo
derecho a su postura como el tolerante. Y lo mismo cabe decir del antisemita,
del distribuidor de droga y del asesino. Si no existen valores objetivos y
absolutos que sirvan de referencia, cada uno jugará con sus propias reglas.
Alguno traerá a flor de labios la respuesta: «Sí, es verdad, pero allí es donde
interviene la ley. La ley nos protege del fanatismo, preserva el bien común y
mantiene el orden social». Es cierto, pero esto no resuelve el problema. Las
leyes son útiles, incluso necesarias, pero ellas mismas deben apelar a valores
universales como la justicia, la imparcialidad, el orden social, el bien común.
La ley no es una mera convención; se apoya en valores objetivos y en los
derechos humanos universales.
Podemos mover este argumento al campo lógico. Dejemos que un antilegalista
pregunte a un subjetivista: «¿No tiene igual peso mi opinión que la de los
demás? Tú aprecias la justicia, pero yo la aborrezco. Podrás impedirme, por la
fuerza, hacer lo que yo quiera, pero no digas que lo haces en nombre de la rectitud».
Si no hay valores absolutos, la ley pierde todo su fundamento; no hay
parámetros para evaluar los actos de los políticos, de los criminales, de los
dictadores; ni siquiera para evaluar las mismas leyes particulares. La ley no
será más que un valor arbitrario más, respaldado por la fuerza. Siempre ha sido
verdad que quien está en el poder puede realizar su voluntad y dominar a quien
no esté de acuerdo con él. Pero éste es el código de los salvajes. Pensemos en
las atrocidades cometidas en Francia después de la Revolución, bajo el reinado
del terror. Robespierre presumía de encarnar la volonté générale
(«voluntad general») y amparado en este título no vaciló en masacrar a sus
opositores.
Un grupo de personas o una ley pueden estar equivocados lo mismo que un
individuo. Una determinada sociedad puede votar a favor de la esclavitud o del
aborto o del exterminio de una parte de su población -Hitler fue elegido
democráticamente-, pero la legalidad no garantiza la legitimidad moral o el
valor de estas acciones. Cuando se cree que el derecho no es más que el
capricho de cada hombre, es lógico que impere la ley del más fuerte. Por eso,
para que la ley pueda de verdad promover el bien común, tiene que apoyarse
sobre el fundamento sólido de valores objetivos.
Como observa Juan Pablo II con perspicacia en su encíclica Veritatis
splendor:«Si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la
actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por
razones de poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores se
convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».
Valores Humanos
Dejando claro que los
valores son esencialmente objetivos y subjetivos, podemos ahora enfocar nuestra
atención en los valores humanos y, más adelante, en los diferentes tipos y
niveles de valores. ¿Qué es un
valor humano? Los valores humanos
son aquellos bienes universales que pertenecen a nuestra naturaleza como
personas y que, en cierto sentido, nos «humanizan» porque mejoran nuestra
condición de personas y perfeccionan nuestra naturaleza humana.
La libertad nos capacita para ennoblecer nuestra existencia, pero también nos
pone en peligro de empobrecerla. Las demás creaturas no acceden a este
disyuntiva. Un gato callejero no podrá ser algo más que un gato común y
corriente; siempre se comportará de modo felino y no será culpado o alabado por
ello. Nosotros, en cambio, si prestamos oídos a nuestros instintos e
inclinaciones más bajas, podemos actuar como bestias. De este modo nos
deshumanizamos.
Si no descubrimos lo que somos, tampoco descubriremos los valores que nos
convienen. Cuanto mejor percibamos nuestra naturaleza, tanto más fácilmente
percibiremos los valores que le pertenecen.
Alimentación y naturaleza
Hay una diferencia
entre los valores humanos en general y nuestros propios valores personales. El
concepto de valores humanos abarca todas aquellas cosas que son buenas para
nosotros como seres humanos y que nos mejoran como tales. Los valores
personales son aquellos que hemos asimilado en nuestra vida y que nos motivan
en nuestras decisiones cotidianas.
Podríamos comparar la diferencia entre los valores humanos en general y los
valores personales con la diferencia que hay entre ciertas comidas y su
respectivo valor nutricional para el cuerpo humano. La nutrición es para el
cuerpo lo que los valores son para la persona humana.
El cuerpo humano tiene sus requerimientos: algunos alimentos son muy
nutritivos; otros complementan la alimentación; otros son al menos tolerables
en pequeñas cantidades. Todos necesitamos una alimentación balanceada en
vitaminas, fibra, minerales y proteínas para mantener una buena salud. Algo
parecido sucede con los valores humanos: nos nutren, nos benefician como seres
humanos en diversa medida. Así tenemos toda una gama de valores culturales,
intelectuales y estéticos que promueven nuestro desarrollo humano y enriquecen
nuestra personalidad.
Cuando se habla de la nutrición corporal hay espacio para las preferencias
personales. Cada uno puede escoger a su gusto; el número de calorías apenas
varía. Nuestro organismo asimilará estos alimentos y se nutrirá más o menos
igual. Se insiste, más bien, en que la dieta sea balanceada.
En la esfera de los valores humanos se requiere también un equilibrio y que
cada uno de los valores, tomado individualmente, sea «saludable». Así como
ciertos alimentos son esenciales y otros sólo sirven para adornar algún
platillo, así también los valores tienen una jerarquía, según favorezcan más o
menos nuestro desarrollo humano; también pueden ordenarse y clasificarse de
acuerdo con los beneficios que nos proporcionan. Algunos son esenciales; otros
son más periféricos.
Una jerarquía de valores
Entre los valores
objetivos existe una jerarquía, una escala. No todos son iguales. Algunos son
más importantes que otros porque son más trascendentes, porque nos elevan más
como personas y corresponden a nuestras facultades superiores. Podemos
clasificar los valores humanos en cuatro categorías: (1) valores religiosos,
(2) valores morales, (3), valores humanos inframorales, y (4) valores
biológicos.
Niveles de valores
Valores religiosos
Fe, esperanza,carida caridad, humildad, etc.
Valores morales
Sinceridad, justicia, fidelidad, bondad, honradez, benevolencia, etc.
Valores humanos inframorales
Prosperidad, logros intelectuales, valores sociales, valores estéticos, éxito,
serenidad, etc.
Valores biológicos
Salud, belleza, placer, fuerza física, etc.
La línea más baja
representa el nivel biológico o
sensitivo. Los valores de este nivel
no son específicamente humanos, pues los comparten con nosotros otros seres
vivos. Dentro de esta categoría quedan comprendidos la salud, el placer, la
belleza física y las cualidades atléticas.
Desafortunadamente, hay muchas personas que ponen demasiado énfasis en este
nivel. No es raro escuchar frases como ésta: «Mientras tenga salud, todo lo
demás no importa». Según esto, uno lo pasaría mejor siendo un saludable jefe de
la mafia que un enfermizo hombre de bien. Ya lo decía Tomás de Kempis hace unos
cinco siglos: «Muchos se preocupan por vivir una vida larga, pero pocos por
vivirla rectamente».
No eres más persona porque seas sano o bien parecido. Eso no te dignifica ni
aumenta tu valor. Recuerda que estamos hablando del nivel más bajo, que compartimos
con los animales.
Algunas personas invierten buena parte de su tiempo en buscar comidas
saludables, planear bien su dieta y practicar ejercicio. Todo esto tiene su
lugar en la vida, pero un lugar limitado; más o menos como el saque inicial en
un partido de fútbol. No tenemos por qué «vivir para comer» sólo por el hecho
de que tenemos que comer para vivir.
Los valores del segundo nivel, valores
humanos inframorales son
específicamente humanos. Tienen que ver con el desarrollo de nuestra
naturaleza, de nuestros talentos y cualidades. Pero todavía no son tan
importantes como los valores morales. Entre los valores de este segundo nivel
están los intereses intelectuales, musicales, artísticos, sociales y estéticos.
Estos valores nos ennoblecen y desarrollan nuestro potencial humano.
El tercer nivel comprende valores que son también exclusivos del ser humano. Se
suelen llamar valores morales o
éticos. Este nivel es esencialmente
superior a los ya mencionados. Esto se debe al hecho de que los valores morales
tienen que ver con el uso de nuestra libertad, ese don inapreciable y sublime
que nos hace semejantes a Dios y nos permite ser los constructores de nuestro
propio destino.
Estos son los valores humanos por excelencia, pues determinan nuestro valor como
personas. Los valores morales incluyen, entre otros, la honestidad, la bondad,
la justicia, la autenticidad, la solidaridad, la sinceridad y la misericordia.
Mientras que en los niveles inferiores los valores a veces se excluyen
mutuamente -no es fácil pintar con acuarelas mientras se está tocando el
saxofón-, los valores morales jamás entran en conflicto entre sí. Forman un
todo orgánico. Podemos, y debemos, ser sinceros, justos, honestos y rectos al
mismo tiempo. Cada valor apoya y sostiene los demás; juntos forman esa sólida
estructura que constituye la personalidad de un hombre maduro.
Los valores morales son incondicionales y siempre prevalecen sobre los valores
inferiores. No puedo sacrificar la justicia para gozar de una mayor prosperidad
o traicionar a un amigo por el qué dirán. Esto no ocurre con los otros dos
niveles inferiores. Aunque la música es un valor superior a la comida, tendré
que dejar de practicar el saxofón para ir a comer alguna cosa.
Hay todavía un cuarto nivel de valores, el más elevado, que corona y completa
los valores del tercer nivel, y que nos permite incluso ir más allá de nuestra
naturaleza. Son los valores
religiosos. Éstos tienen que ver
con nuestra relación personal con Dios.
El mundo de hoy con frecuencia pasa por alto un hecho muy sencillo: la persona
humana es religiosa. Aunque seguramente será difícil encontrar esta afirmación
en un texto de sociología -el fundador de la sociología, Augusto Comte, fue
visceralmente antirreligioso y creía que la religión habría de ser reemplazada
por la ciencia-, no ha habido en la historia una sola sociedad que no haya sido
religiosa. Buscamos instintivamente a Dios porque fuimos hechos para Él.
Necesitamos a Dios, aunque no siempre caigamos en la cuenta de ello.
Buscamos de forma natural la trascendencia. Fuimos creados para ir más allá de
nosotros mismos, para tender hacia arriba, hacia el Absoluto. San Agustín
expresó esta verdad justo al inicio de sus Confesiones, donde dice: «Nos
hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en
ti». Nuestra trascendencia como seres humanos es lo que da sentido y
significado a nuestra vida sobre la tierra. Si el hombre cultiva los valores
religiosos con tanta tenacidad es porque ellos corresponden a la verdad más
profunda de su ser.
Desde una perspectiva cristiana
¿Qué relación tienen
los valores con el cristianismo? Si los valores humanos dependen de lo que es
bueno para nosotros como seres humanos, ¿en qué sentido difieren nuestros
valores como cristianos de los valores de un no-cristiano? Finalmente, ¿por qué
nos preocupamos de los valores humanos? ¿No bastan los valores religiosos?
Como cristianos, tenemos tres grandes razones para estudiar los valores humanos
y reflexionar sobre ellos. En primer lugar, todo cristiano es una persona
humana, un miembro de la familia humana. Todo lo que es bueno para la humanidad
es igualmente bueno para el cristiano. El cristianismo nos eleva, pero no
cambia nuestra naturaleza.
En segundo lugar, Dios mismo se hizo uno de nosotros para revelarnos la verdad
sobre la existencia humana. Jesucristo es Dios, pero es también un hombre. Si
en Él conocemos a Dios, también en Él conocemos al ser humano ideal, a la
persona perfecta. Los cristianos estamos profundamente interesados en la vida
humana porque Dios mismo está profundamente interesado en ella. Si queremos
saber en qué consiste, de verdad, «ser hombre» y qué cosas son en verdad
importantes en la vida, podemos descubrirlo estudiando la vida de Cristo.
Finalmente, incluso si creemos que lo único importante como cristianos es
llegar a la santidad, debemos reconocer que la santidad no es algo abstracto y
desconectado de la vida ordinaria. La trama de nuestra relación con Dios está
tejida con nuestras acciones más ordinarias y, por lo mismo, es preciso que la
santidad se apoye en una sólida escala de valores como infraestructura
esencial. Primero el hombre, después el santo. La gracia edifica sobre la
naturaleza. La santidad presupone una armonía interior, un carácter bien formado
y una idea clara de lo que es realmente importante en la vida.
Este énfasis sobre el relativo valor de los bienes temporales en comparación
con los eternos se repite una y otra vez en las parábolas de Cristo. Anima a
sus seguidores a tener la mirada fija en los cielos y a no empantanarse en los
bajos placeres y en las riquezas fugaces que este mundo ofrece.
Jesús también distingue el valor de nuestras acciones. Cuando le preguntaron
cuál de los mandamientos era el más importante, Cristo no dudó en subrayar el
amor a Dios y el amor al prójimo como la suma y la esencia de toda la ley,
mucho más que cualquier sacrificio.
El cristianismo ofrece una visión global de la existencia humana, un modo de
ver y de evaluar todas las actividades y acontecimientos de la vida humana.
Esta visión se basa en la verdad sobre el hombre, sobre su destino y sobre sus
relaciones con Dios y con el mundo. Los valores tratan de lo que es bueno, y el
camino más seguro para saber lo que es bueno para el hombre es conocer quién es
el hombre. De esto hablaremos en "El fundamento del valor".
Este artículo es un extracto del capítulo del mismo nombre. Puedes leerlo en el
libro"Costruyendo sobre roca firme"
Resource: www.es.catholic.net/