ZENIT, 12 de
abril de 2001
Juan
Pablo II: LA EUCARISTÍA, ESCÁNDALO DE AMOR QUE NOS SOBREPASA
Homilía en la misa en la Cena del Señor del Jueves Santo - 2001
CIUDAD DEL VATICANO, 12 abril 2001 (ZENIT.org).- La Eucaristía, «signo
perenne del amor de Dios, amor que sostiene nuestro camino», se convirtió en el
tema central de la homilía que pronunció este Jueves Santo Juan Pablo II en el
misa en la Cena del Señor.
«Es un amor que supera la capacidad del corazón del hombre. Al detenernos
esta noche a adorar el Santísimo Sacramento y al meditar en el misterio de la
Última Cena, nos sentimos sumergidos en el océano de amor que mana del corazón
de Dios».
Esta experiencia, concluyó, «no puede dejar de generar amor fraterno, ya sea
en cada creyente, ya sea en toda la comunidad eclesial».
Ofrecemos a continuación el texto íntegro de la
homilía del Santo Padre.
1. «In supremae nocte Cenae / recumbens cum fratribus... - La noche de
la última Cena, / sentado en la mesa con los hermanos…,/ con sus propias manos/
se dio a sí mismo en comida a los doce».
Con estas palabras, el sugerente himno del
«Pange lingua» presenta la Última Cena, en la que Jesús nos dejó el admirable
sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Las lecturas que acaban de proclamar,
ilustran su sentido profundo. Componen casi un tríptico: presentan la
institución de la Eucaristía, su prefiguración en el Cordero pascual, su
traducción existencial en el amor y en el servicio fraterno.
Los cristianos, «profecía del mundo nuevo»
Ha sido el apóstol Pablo, en la primera Carta a
los Corintios, quien nos ha recordado lo que hizo Jesús «en la noche en que iba
a ser entregado». A la narración del hecho histórico, Pablo añadió su proprio
comentario: «cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la
muerte del Señor, hasta que venga» (1 Corintios 11, 26). El mensaje del apóstol
es claro: la comunidad que celebra la Cena del Señor actualiza la Pascua. La
Eucaristía no es la simple memoria de un rito pasado, sino la viva
representación del gesto supremo del Salvador. Esta experiencia tiene que
llevar a la comunidad cristiana a convertirse en profecía del mundo nuevo,
inaugurado por la Pascua. Al contemplar en la tarde de hoy el misterio de amor
que nos vuelve a proponer la Última Cena, también nosotros tenemos que
permanecer en conmovida y silenciosa adoración.
El «escándalo» de la Eucaristía
2. «Verbum caro, / panem
verum verbo carnem efficit... El Verbo encarnado / con su palabra transforma /
el pan en su carne…».
¡Es el prodigio que nosotros, los sacerdotes,
tocamos todos los días con nuestras manos en la santa Misa! La Iglesia sigue
repitiendo las palabras de Jesús y sabe que está comprometida a hacerlo hasta
el fin del mundo. En virtud de esas palabras se realiza un admirable cambio:
permanecen las especies eucarísticas, pero el pan y el vino se convierten,
según la feliz expresión del Concilio de Trento «verdadera, real y
substancialmente» en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
La mente se siente perdida ante un misterio tan
sublime. Tantos interrogantes se asoman al corazón del creyente que, sin
embargo, encuentra paz en la palabra de Cristo. «Et si sensus deficit / ad
firmandum cor sincerum sola fides sufficit – Si los sentidos desfallecen / la
fe es suficiente para un corazón sincero». Apoyados por esta fe, por esta luz
que ilumina nuestros pasos también en la noche de la duda y de la dificultad,
podemos proclamar: «Tantum ergo Sacramentum / veneremur cernui – A un
Sacramento tan grande / venerémoslo postrados».
Nuevo Cordero
3. La institución de la
Eucaristía se remonta así al rito pascual de la primera Alianza, que se nos
describe en la página del Éxodo acaba de proclamarse: en ella se habla del
cordero «sin defecto, macho, de un año» (Éxodo 12, 5) cuyo sacrificio liberaría
al pueblo del exterminio: «La sangre será vuestra señal en las casas donde
moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre
vosotros plaga exterminadora» (12, 13).
El himno de santo Tomás comenta: «Et antiquum
documentum / novo cedat ritui – abra paso la antigua Ley / al Sacrificio
nuevo». Por ello, justamente, los textos bíblicos de la Liturgia de esta tarde
orientan nuestra mirada hacia el nuevo Cordero, que con la sangre derramada
libremente en la cruz ha establecido una nueva y definitiva Alianza. La
Eucaristía es presencia sacramental de la carne inmolada y de la sangre
derramada del nuevo Cordero. En ella se ofrecen a toda la humanidad la
salvación y el amor. ¿Cómo es posible no quedar fascinados por este Misterio?
Hagamos nuestras las palabras de santo Tomás de Aquino: «Praestet fides
supplementum sensuum defectui – Que supla la fe a los defectos de los
sentidos». ¡Sí, la fe nos lleva al estupor y a la adoración!
El lavatorio de los pies
4. Al llegar a este
punto, nuestra mirada se dirige al tercer elemento del tríptico que compone la
liturgia de hoy. Se lo debemos a la narración del evangelista Juan, quien nos
presenta la imagen desconcertante del lavatorio de los pies. Con este gesto,
Jesús recuerda a sus discípulos de todos los tiempos que la Eucaristía exige
que sea testimoniada en el servicio de amor a los hermanos. Hemos escuchado las
palabras del Maestro divino: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado
los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Juan 13, 14).
Es un nuevo estilo de vida que deriva del gesto de Jesús: «Os he dado ejemplo,
para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13, 15).
El lavatorio de los pies se presenta como un
acto paradigmático, que tiene su clave de lectura y su explicación plena en la
muerte en cruz y en la resurrección de Cristo. En este acto de servicio
humilde, la fe de la Iglesia ve el fin natural de toda celebración eucarística.
La auténtica participación en la Misa no puede dejar de generar amor fraterno,
ya sea en cada creyente, ya sea en toda la comunidad eclesial.
5. «Los amó hasta el
extremo» (Juan 13, 1). La Eucaristía constituye el signo perenne del amor de
Dios, amor que sostiene nuestro camino hacia la plena comunión con el Padre, a
través del Hijo, en el Espíritu. Es un amor que supera la capacidad del corazón
del hombre. Al detenernos esta noche a adorar el Santísimo Sacramento y al
meditar en el misterio de la Última Cena, nos sentimos sumergidos en el océano
de amor que mana del corazón de Dios. Hagamos nuestro con espíritu agradecido
el himno de acción de gracias del pueblo de los redimidos: «Genitori Genitoque
/ laus et iubilatio... – ¡Al Padre y al Hijo / alabanza y júbilo / salud,
potencia, benedición/ y al que procede de los dos / que se dé igual gloria y
honor!».
Amén.
N.B.: Traducción realizada por Zenit.
ZS01041210
Resource: ZENIT