LA NUEVA EVANGELIZACIÓN, SEGÚN EL
CARDENAL RATZINGER
La gran tentación: buscar inmediatamente el gran
éxito
ROMA, 30 junio 2001 (ZENIT.org).- La vida humana
non se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto
incompleto todavía por completar y por realizar. La pregunta fundamental de
todos los hombres es: ¿cómo se realiza este - llegar a ser hombre? ¿Cómo se
aprende este arte de vivir? ¿Cuál es el camino de la felicidad?
Evangelizar quiere decir: mostrar este camino -
enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: Él me ha
ungido para llevar las buenas nuevas a los pobres (Lc 4, 18); y esto quiere
decir: Yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; os enseño el
camino de la vida, el camino de la felicidad, mejor dicho: Yo soy ese camino.
La pobreza más profunda es la incapacidad de alegrarse, el hastío de la vida
considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza está más diseminada y se
presenta en diferentes formas tanto en las sociedades materialmente ricas como
en las sociedades de los países pobres. La incapacidad de alegrarse supone y
produce la incapacidad de amar, provoca la envidia, la avaricia - todos los
vicios que desbastan la vida de cada uno y del mundo. Por este motivo tenemos
necesidad de una nueva evangelización - si el arte de vivir permanece
desconocida, todo el resto no puede funcionar. Sin embargo, este arte no es
objeto de la ciencia - este arte puede ser comunicado sólo por quien tiene la
vida - aquél que es el Evangelio en persona.
I. ESTRUCTURA Y MÉTODO EN LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
1. La estructura
Antes de hablar de los contenido fundamentales
de la nueva evangelización quisiera decir algunas palabras sobre su estructura
y su método adecuado. La Iglesia evangeliza siempre y no ha interrumpido jamás
el camino de la evangelización. Celebra cada día el misterio eucarístico,
administra los sacramentos, anuncia la palabra de la vida - la palabra de Dios,
se empeña por la justicia y la caridad. Y esta evangelización conlleva sus frutos:
da luz y alegría, da el camino de la vida a muchas personas; muchos viven,
frequentemente sin saberlo, de la luz y del calor resplandeciente de esta
evangelización permanente. No obstante, observamos un proceso progresivo de
descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales que es
preocupante. Gran parte de la humanidad de hoy en día, no encuentra en la
evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, una respuesta
que convenza a la pregunta: ¿Cómo vivir?
Por esto buscamos, más allá de la evangelización
permanente, que nunca ha sido interrumpida y que jamás debe interrumpirse, una
nueva evangelización, capaz de hacerse escuchar por aquel mundo que no
encuentra acceso a la evangelización "clásica". Todos tienen necesidad
del Evangelio; el Evangelio está hecho para todos y no sólo a un sector
determinado de personas, por esto estamos obligados a buscar nuevas vías para
llevar el Evangelio a todos.
Sin embargo, aquí se esconde una tentación - la
tentación de la impaciencia, la tentación de buscar inmediatamente el gran
éxito, de buscar los grandes números. Y este no es el método de Dios. Para el
reino de Dios y, de esta manera, para la evangelización, instrumento y vehículo
del reino de Dios, siempre es válida la parábola del grano de mostaza (cf. Mc
4, 31 - 32). El Reino de Dios siempre vuelve a comenzar bajo este signo. Nueva
evangelización no podría significar: atraer inmediatamente con nuevos y más
refinados métodos a las grandes masas alejadas de la Iglesia. No - no es esta la
promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización quiere decir: no
contentarse del hecho que del grano de mostaza ha crecido el gran árbol de la
Iglesia universal, no pensar que basta el hecho de que en sus ramas puedan
encontrar un lugar muy diferentes especies de pájaros - sino osar de nuevo con
la humildad del pequeño grano dejándo a Dios el cuándo y el cómo crecerá (cf.
Mc 4, 26 - 29). Las grandes cosas empiezan siempre del pequeño grano y los
movimientos de masa siempre son efímeros. En su visión del proceso de evolución
Teilhard de Chardin habla de lo "blanco de los orígenes" (le blanc
des origines): el comienzo de las nuevas especies es invisible e imposible de
encontrar a través de la investigación científica. Las fuentes están escondidas
- son demasiado pequeñas. En otras palabras: las realidades grandes empiezan
con humildad. Dejemos de lados, si y hasta que punto Teilhard tiene razón en
sus tesis evolucionistas; la ley sobre los orígenes invisibles nos dice una
verdad - una verdad presente justamente en el actuar de Dios en la historia:
"No te elegí porque eres grande, por el contrario - eres el más pequeño de
los pueblos; te he elegido porque te amo…" dice Dios al pueblo de Israel
en el Antiguo Testamento y expresa, de esta manera, la paradoja fundamental de
la historia de la salvación. Ciertamente, Dios no cuenta con los grandes
números; el poder exterior no es el signo de su presencia. Gran parte de las
parábolas de Jesús indican esta estructura del actuar divino y responden así a
las preocupaciones de los discípulos, los cuales se esperaban más bien, otros
éxitos y signos del Mesías - éxitos similares a los ofrecidos por Satanás al
Señor: Todo esto - todos los reinos del mundo - te lo doy… (Mt 4, 9). En
efecto, Pablo al final de su vida tuvo la impresión de haber llevado el
Evangelio a los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas
comunidades dispersas en el mundo, insignificantes según los criterios
seculares. En realidad fueron la semilla que penetra desde el interior de la
masa, portando en sí el futuro del mundo (Mt 13, 33). Un viejo proverbio dice
"el éxito no es un nombre de Dios". La nueva evangelización debe
someterse al misterio del grano de mostaza y no pretender producir rápidamente
el gran árbol. Nosotros, o vivimos demasiado con la seguridad del gran árbol ya
existente o con la impaciencia de tener un árbol más grande, más vital - mas
bien, debemos aceptar el misterio que la Iglesia es, al mismo tiempo, un gran
árbol y un grano muy pequeño. En la historia de la salvación siempre es
contemporáneamente Viernes Santo y Domingo de Pascua…
2. El método
De esta estructura de la nueva evangelización
también deriva el método justo. Es cierto que debemos utilizar razonablemente
los métodos modernos para hacernos escuchar - o mejor dicho: hacer accesible y
comprensible la voz del Señor... No es que busquemos ser escuchados nosotros -
no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino
queremos servir al bien de las personas y de la humanidad dando espacio a Aquél
que es la Vida. Esta expropiación del propio yo que se ofrece a Cristo para la
salvación de los hombres, es la condición fundamental para un verdadero empeño
por el Evangelio. "Porque he venido en nombre de mi Padre, y vosotros no
me recibís. Si algún otro vienera en su propio nombre, a éste si lo
acogeríais" dice el Señor (Jn, 5, 43). El distintivo del Anticristo es su
hablar en nombre propio. El signo del Hijo es su comunión con el Padre. El Hijo
nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo del eterno amor, cuyas
personas son "relaciones puras", el acto puro del donarse y del
acogerse. El diseño trinitario - visible en el Hijo, que no habla a nombre suyo
- muestra la forma de vida del verdadero evangelizador – aún más, evangelización
no es simplemente una forma de hablar sino una forma de vivir: vivir en la
escucha y hacerse voz del Padre. "Él no viene con un mensaje propio, sino
que les dirá lo que escuchó" dice el Señor sobre el Espíritu Santo (Jn,
16, 13). Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización, al
mismo tiempo es una forma eclesiológica: El Señor y el Espíritu Santo
construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de Cristo, el
anuncio del Reino de Dios, supone escuchar su voz en la voz de la Iglesia.
"No hablar en el propio nombre" quiere decir, hablar en la misión de
la Iglesia...
A esta ley de la expropiación le siguen
consecuencias muy prácticas. Todos los métodos razonables y moralmente
aceptables deben ser estudiados - es un deber utilizar estas posibilidades de
la comunicación. Pero las palabras y toda el arte de la comunicación no pueden
ganar a la persona humana en esa profundidad, a la que debe llegar el
Evangelio. Hace algunos años leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro
siglo, Padre Didimo, párroco de Bassano del Grappa (Veneto). En sus palabras se
encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y de meditación. Sobre
nuestro tema, Don Didimo dice, por ejemplo: "Jesús predicaba durante el
día y de noche rezaba" Con esta breve reflexión quería decir: Jesús debía
adquirir de Dios a los discípulos. Esto mismo es siempre válido. No podemos
ganar nosotros los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los
métodos están vacíos si no tienen en su base la oración. La palabra del anuncio
siempre debe recubrir una vida de oración.
Debemos agregar todavía otro paso. Jesús
predicaba durante el día y de noche rezaba - pero esto no es todo. Su vida
entera fue - como lo muestra con gran belleza el Evangelio de San Lucas - un
camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el
mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su
pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su
palabra.
El Señor mismo - extendiendo y ampliando la
parábola del grano de mostaza - ha formulado esta ley de la fecundidad en el
pasaje de la semilla del grano que muere, caído en la tierra (Jn 12, 24).
También esta ley es válida hasta el final del mundo y es - junto con el
misterio del grano de mostaza - fundamental para la nueva evangelización. Toda
la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del
cristianismo. Quisiera recordar ahora solamente el comienzo de la
evangelización en la vida de San Pablo. El éxito de su misión no fue el fruto
de una gran arte retórica o de prudencia pastoral; la fecundidad fue vinculada
al sufrimiento, a la comunión en la pasión con Cristo (cf. 1 Cor 2, 1 - 5; 2
Cor 5, 7; 11, 10s; 11, 30; Gál 4, 12 - 14). "Ninguna señal será dada sino
aquella de Jonás el profeta" ha dicho el Señor. La señal de Jonás es el
Cristo crucificado - son los testimonios que completan "lo que falta a los
sufrimientos de Cristo" (Col 1, 24). En todos los períodos de la historia
siempre se ha verificado la palabra de Tertuliano: Es una semilla la sangre de
los mártires.
San Agustín dice lo mismo con palabras muy
bellas, interpretando Juan 21, donde la profecía del martirio de Pedro y el
mandato de apacentar, lo que sería la institución de su primado, están
íntimamente vinculados. San Agustín comenta el texto (Jn 21, 16) en el
siguiente modo: "Apacienta mis corderos", es decir, sufre por mis
corderos (Sermo Guelf. 32 PLS 2, 640). Una madre no puede dar vida a un niño
sin sufrimiento. Todo parto exige sufrimiento, es sufrimiento, y el devenir
cristiano es un parto. Digámoslo todavía una vez con las palabras del Señor: El
reino de Dios exige violencia (Mt 11, 12; Lc 16, 16), pero la violencia de Dios
es el sufrimiento, es la cruz. No podemos dar vida a otros, sin dar nuestras
vida. El proceso de expropiación, antes mencionado, es la forma concreta
(expresada de diferente manera) de dar la propia vida. Y pensamos a las
palabras del Salvador: "... el que sacrifique su vida por mí y por el
Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35).
II. LOS CONTENIDOS ESENCIALES DE LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
1. Conversión
En relación a los contenidos de la nueva
evangelización, antes que nada se debe tener presente que no se puede escindir
el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo
Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista:
µetaνοeιte - ¡Convertios! No hay acceso a Jesús sin el Bautista;
no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta al llamado del
precursor, mas bien: Jesús ha asumido el mensaje de Juan el Bautista en la
síntesis de su propio predicar: "convertíos y creed en la Buena
Nueva" (Mc 1, 15). La palabra griega usada para "convertirse"
significa: volver a pensar - poner en discusión el propio y el común modo de
vivir; dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida; no juzgar más
simplemente según las opiniones corrientes. Convertirse significa, por lo
tanto, no vivir como viven todos, no hacer como hacen todos, no sentirse
justificados en acciones dudosas, ambiguas, malvadas por el hecho que otros
hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar, por
lo tanto, el bien, aún cuando es incómodo; no hacerlo pensando en el juicio de
la mayoría, de los hombres, sino en el juicio de Dios - con otras palabras:
buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. Todo esto no implica un
moralismo, la reducción del cristianismo a la moralidad pierde de vista la
esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la
comunión con Jesús y, por lo tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no
entiende crearse una autarquía moral suya, no pretende reconstruir con sus
propias fuerzas su propia bondad. "Conversión" (Metanoia) significa
justamente lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la
propia indigencia - indigencia de los otros y del Otro, de su perdón, de su
amistad. La vida no convertida es autojustificación (yo no soy peor de los
demás); la conversión es la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se
vuelve medida y criterio de mi propia vida.
Aquí debemos tener presente el aspecto social de
la conversión. En efecto, la conversión es, ante todo, un acto muy personal y
es personalización. Yo me separo de la fórmula "vivir como todos" (no
me siento más justificado por el hecho que todos hacen cuanto hago yo) y
encuentro delante de Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la
verdadera personalización es siempre también una nueva y más profunda
socialización. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, de esta
manera nace un nuevo Nosotros. Si el estilo de vida extendido en el mundo
implica el peligro de la des-personalización, del vivir no mi propia vida, sino
la vida de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo Nosotros
del camino común con Dios. Anunciando la conversión también debemos ofrecer una
comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede
evangelizar sólo con las palabras; el Evangelio crea vida, crea comunidad de
camino; una conversión puramente individual no tiene consistencia...
2. El Reino de Dios
En la llamada a la conversión está implícito -
como una condición fundamentalmente propia - el anuncio del Dios viviente. El
teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también debe ser el
corazón de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es:
Reino de Dios. Sin embargo, Reino de Dios no es una cosa, una estructura social
o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir:
Dios existe. Dios vive. Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida
- en mi vida. Dios no es una lejana "causa última", Dios no es el
"gran arquitecto" del deísmo que ha construido la máquina del mundo y
ahora estaría fuera - por el contrario Dios es la realidad más presente y
decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia. En la
conferencia de despedida de su cátedra de la Universidad de Münster, el teólogo
J. B. Metz ha pronunciado cosas que no se esperaban. Metz en el pasado nos
había enseñado el antropocentrismo - el verdadero acontecimiento del
cristianismo habría sido el giro antropológico, la secularización, el
descubrimiento del estado secular del mundo. Después nos ha enseñado la
teología política - el carácter político de la fe; más tarde la "memoria
peligrosa"; finalmente la teología narrativa. Después de haber recorrido
este camino largo y difícil, nos dice hoy: El verdadero problema de nuestro
tiempo es la "Crisis de Dios", la ausencia de Dios, camuflada por una
religiosidad vacía. La teología debe volver a ser realmente teo-logía, un
hablar de Dios y con Dios. Metz tiene razón : El "unum necessarium"
para el hombre es Dios. Todo cambia, si hay Dios o no hay Dios.
Desgraciadamente - también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios
no existiese ("si Deus non daretur"). Vivimos según el cliché: No hay
Dios y si lo hay, no interesa. Por este motivo, la evangelización, antes que
nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero: el Creador -
el Santificador - el Juez (cf. El Catequismo de la Iglesia Católica).
También aquí debe tenerse presente el aspecto
práctico. Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce
una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios
es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en
acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia
de su existencia. Por esto son importantes las escuelas de oración, de
comunidad de oración. Hay complementariedad entre la oración personal ("en
el propio dormitorio", sólo delante de los ojos de Dios), oración común
"paralitúrgica" ("religiosidad popular") y oración
litúrgica. Sí, la liturgia es, antes que nada, oración; su especificidad
consiste en el hecho que su sujeto primario no somos nosotros (como en la
oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo - la liturgia es
actio divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina.
Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben
marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en
la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia
(los sacramentos) no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino
la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. En este contexto quisiera
hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Muchas veces nuestro
modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve
enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender - la consecuencia es con
frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la
repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la
gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y
pastoral. La moda del esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de
distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta
algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del
misterio por encima del individuo, de la belleza. La liturgia no es la
invención del sacerdote que celebra o de un grupo de especialistas; la liturgia
("el rito") ha crecido en un proceso orgánico durante los siglos,
porta consigo el fruto de la experiencia de la fe de todas las generaciones.
Aunque si los participantes no entienden quizá cada una de las palabras,
perciben el significado profundo, la presencia del misterio, que trasciende
todas las palabras. No es el celebrante el centro de la acción litúrgica; el
celebrante no está delante del pueblo en su nombre - no habla de sí y para sí,
sino "in persona Cristi". No cuentan la capacidad personal del
celebrante, sino sólo su fe, en la que se hace transparente Cristo. "Es
necesario que Él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).
3. Jesucristo
Con esta reflexión el tema de Dios se ha ya
extendido y concretizado en el tema Jesucristo: Sólo en Cristo y a través de
Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el
Dios-con-nosotros - la concretización del "Yo soy", la respuesta al
Deísmo. Actualmente es grande la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de
Dios, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. No se niega necesariamente
la divinidad de Jesús, sino que con ciertos métodos se destila de la Biblia un
Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en el marco de nuestra
historiografía. Pero este "Jesús histórico" no es sino un artefacto,
la imagine de sus autores y no la imagen del Dios viviente (cf. 2 Cor 4, 4s;
Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito: el así llamado "Jesús
histórico" es una figura mitológica, auto inventada por los diferentes
intérpretes. Los doscientos años de historia del "Jesús histórico"
reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este
período.
No puedo, en el marco de esta conferencia,
entrar en los contenidos del anuncio del Salvador. Quisiera brevemente aludir a
dos aspectos importantes. El primero es el seguimeinto de Cristo - Cristo se
ofrece como camino de mi vida. Secuela de Cristo no significa imitar al hombre
Jesús. Una tentativa similar necesariamente fracasa - sería un anacronismo. La
secuela de Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo y, en este
modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta quizás suena extraña a
los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad, todos tenemos sed del
infinito: de una libertad infinita, de una felicidad sin límites. Toda la
historia de las revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo
así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con soluciones bajo el
nivel de la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la
"serpiente" (Gén 3, 5), es decir, por la sabiduría mundana, fracasan.
El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental.
Secuela de Cristo no es un argumento moral, sino un tema "mistérico"
- un conjunto de acción divina y de respuesta nuestra.
De esta manera, encontramos presente en el tema
de la secuela el otro centro de la cristología, del cual quisiera decir algo:
el misterio pascual - la cruz y la resurrección. En las reconstrucciones del
"Jesús histórico" normalmente el tema de la cruz no tiene
significado. En una interpretación "burguesa" se vuelve un incidente,
por sí mismo evitable, sin valor teológico; en una interpretación
revolucionaria se vuelve la muerte heroica de un rebelde. La verdad es
diferente. La cruz pertenece al misterio divino - es expresión de su amor hasta
el fin (Jn 13, 1). La secuela de Cristo es participación a su cruz, unirse a su
amor, a la transformación de nuestra vida, que se vuelve el nacimiento del
hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la
esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2).
4. La vida eterna
Un último elemento central de toda evangelización
verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en
la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas
veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es
anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que
entra en la historia para hacer justicia. Esta predicación es, por lo tanto,
anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede
hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuentan de sus
actos. Esta certeza tiene valor para los potentes así como para los simples.
Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este
mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas. Esto
podremos lograrlo mejor, cuanto más estemos en capacidad de vivir bajo los ojos
de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. De esta manera, el
artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un
contenido central del Evangelio y es verdaderamente una buena nueva. Lo es para
todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y buscan la justicia. De
esta modo se comprende también la conexión entre el "Reino de Dios" y
los "pobres", los que sufren y todos aquellos de los cuales hablan
las bienaventuranzas del discurso de la montaña. Estos están protegidos por la
certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero
contenido del artículo sobre el juicio, sobre Dios Juez: hay justicia. Las
injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia.
Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos
en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica,
comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el
hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión
del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la
penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido, esperanza expresada de
manera maravillosa en las palabras de San Juan: delante de Dios,
tranquilizaremos nuestro corazón, cualquier cosa éste nos reproche. "Dios
es más grande que nuestra conciencia, y todo lo conoce" (1 Jn 3, 19s). La
bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una cosa
melindrosa sin verdad. Sólo creyendo al justo juicio de Dios, sólo teniendo
hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6) abrimos nuestro corazón y nuestra vida a
la misericordia divina. Se ve: no es verdad que la fe en la vida eterna hace
insignificante la vida terrestre. Por el contrario. Sólo si la medida de
nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su
valor inmenso. Dios no es el otro concursante de nuestra vida, sino quien garantiza
nuestra grandeza. De esta manera volvemos a nuestro punto de partida: Dios. Si
consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje
cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así
decimos todo.
ZSI01063002
UN ESTADO DEMOCRÁTICO NO PUEDE PRESCINDIR DE LA
LIBERTAD RELIGIOSA
El Papa al Consejo panucraniano de Iglesias y organizaciones religiosas
CIUDAD DEL VATICANO, 30 junio 2001 (ZENIT.org).-
Juan Pablo II pronunció el 24 de junio uno de los discursos más importantes de
su visita a Ucrania (23 al 27 de junio) al encontrarse con todos los líderes
religiosos del país (ortodoxos, protestantes, judíos, musulmanes...). Sólo el
representantes de la Iglesia ortodoxa obediente a Moscú estuvo ausente.
Ofrecemos a continuación la traducción realizada
por «L'Osservatore Romano» del discurso pronunciado por el pontífice.
Ilustres representantes del Consejo panucraniano de las Iglesias y las
organizaciones religiosas:
1. Estoy profundamente
agradecido a quienes han hecho posible este encuentro, en el que se me brinda
la oportunidad de conocer más de cerca, durante mi visita, a cada uno de
vosotros, representantes de las diversas Iglesias y organizaciones religiosas
presentes en Ucrania. Os dirijo a todos mi cordial y deferente saludo. Os
expreso de corazón mi aprecio por el servicio que vuestro Consejo panucraniano
presta a la salvaguardia y a la promoción de los valores espirituales y
religiosos, indispensables para la construcción de una sociedad auténticamente
libre y democrática. Vuestro benemérito organismo contribuye en gran medida a
crear las condiciones para un entendimiento cada vez mayor entre los miembros
de las diversas Iglesias y organizaciones religiosas, en el respeto recíproco y
en la búsqueda constante de un diálogo sincero y fecundo. No puedo menos de
mencionar vuestro laudable esfuerzo en favor de la paz entre los hombres y
entre los pueblos.
2. Vuestra existencia y
vuestro trabajo diario testimonian de manera concreta que el factor religioso
es parte esencial de la identidad personal de cada hombre, cualquiera que sea
la raza, el pueblo o la cultura a que pertenezca. La religión, cuando se
practica con corazón humilde y sincero, da una aportación específica e
insustituible a la promoción de una sociedad justa y fraterna.
Un Estado que quiera ser realmente democrático
no puede prescindir del respeto pleno a la libertad religiosa de sus
ciudadanos. No existe democracia verdadera donde se pisotea una de las
libertades fundamentales de la persona. También Ucrania experimentó, en el
largo y doloroso período de las dictaduras, los efectos devastadores de la
opresión atea que mortifica al hombre y lo somete a un régimen de esclavitud.
Afrontáis ahora el urgente desafío de la reconstrucción social y moral de la
nación. Con vuestra actividad estáis llamados a dar una contribución esencial a
esta obra de renovación social, demostrando que sólo en un clima de respeto de
la libertad religiosa es posible construir una sociedad plenamente humana.
3. Os saludo en primer
lugar a vosotros, queridos hermanos unidos por la fe común en Cristo muerto y
resucitado. La violenta persecución comunista no logró extirpar del alma del
pueblo ucraniano el anhelo por Cristo y su Evangelio, porque esta fe formaba
parte de su historia y de su misma vida. En efecto, cuando se habla de libertad
religiosa en vuestra tierra, el pensamiento va espontáneamente a los gloriosos
comienzos del cristianismo, que desde hace más de mil años marca su identidad
cultural y social. Con el bautismo del príncipe Vladimiro y del pueblo de la
Rus', en el año 988, empezó en las orillas del Dniéper la presencia de la fe y
de la vida cristiana. Desde aquí el Evangelio se difundió entre los diversos
pueblos situados en la parte oriental del continente europeo. Quise recordarlo
en la carta apostólica Euntes in mundum, con ocasión del milenio del bautismo
de la Rus' de Kiev, subrayando cómo con aquel acontecimiento comenzó una vasta
irradiación misionera: "hacia Occidente hasta los montes Cárpatos, desde
las orillas meridionales del Dniéper hasta Novgorod, y desde las riberas
septentrionales del Volga (...) hasta las orillas del océano Pacífico y aún más
allá" (n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de marzo
de 1988, p. 20; cf. también el mensaje Magnum baptismi donum, 1).
En una época en la que aún reinaba la comunión
plena entre Roma y Constantinopla, san Vladimiro, precedido por el ejemplo de
la princesa Olga, se prodigó por la salvaguardia de la identidad espiritual del
pueblo, favoreciendo al mismo tiempo la introducción de la Rus' en el conjunto
de las demás Iglesias. El proceso de inculturación de la fe, que ha marcado la
historia de esos pueblos hasta hoy, se ha desarrollado gracias a la infatigable
labor de los misioneros provenientes de Constantinopla.
4. Ucrania, tierra
bendecida por Dios, el cristianismo constituye parte imprescindible de tu
identidad civil, cultural y religiosa. Has cumplido y sigues cumpliendo una
importante misión dentro de la gran familia de los pueblos eslavos y del
Oriente europeo. Extrae de las raíces cristianas comunes la savia vital, de
modo que siga vivificando en el tercer milenio los sarmientos de tus
comunidades eclesiales.
Cristianos de Ucrania, Dios os ayude a mirar
juntos los nobles orígenes de vuestra nación y a redescubrir juntos las firmes
razones de un respetuoso y audaz camino ecuménico, camino de acercamiento y
comprensión recíproca, gracias a la buena voluntad de cada uno. Ojalá que
llegue pronto el día en que se recupere la comunión de todos los discípulos de
Cristo, la comunión que el Señor invocó ardientemente antes de su vuelta al
Padre (cf. Jn 17, 20-21).
5. Os dirijo ahora mi
saludo a vosotros, representantes de las otras religiones y organizaciones
religiosas, que trabajáis en Ucrania en estrecha colaboración con los
cristianos. Este es un rasgo típico de vuestra tierra que, por su particular
ubicación y conformación, constituye un puente natural no sólo entre Oriente y
Occidente, sino también entre los pueblos que se encuentran aquí desde hace
muchos siglos. Son pueblos diversos por origen histórico, tradición cultural y
credo religioso. Quisiera recordar la consistente presencia de los judíos, que
forman una comunidad firmemente arraigada en la sociedad y en la cultura
ucraniana. También ellos han sufrido injusticias y persecuciones por permanecer
fieles a la religión de sus padres. ¿Quién podrá olvidar el enorme tributo de
sangre que pagaron al fanatismo de una ideología que propugnaba la superioridad
de una raza respecto de las otras? Precisamente aquí, en Kiev, en la localidad
de Babyn Jar, durante la ocupación nazi fueron asesinadas en pocos días
muchísimas personas, entre ellas cien mil judíos. Fue uno de los crímenes más
atroces entre los muchos que, por desgracia, debió registrar la historia del
siglo pasado.
Ojalá que el recuerdo de ese episodio de furia
homicida sea una saludable advertencia para todos. ¡De qué atrocidades es capaz
el hombre cuando se engaña creyendo que puede prescindir de Dios! La voluntad
de contraponerse a él y de combatir toda expresión religiosa se manifestó
prepotentemente también en el totalitarismo ateo y comunista. Lo atestiguan en
esta ciudad los monumentos que conmemoran a las víctimas del Holodomor, a las
personas asesinadas en Bykivnia y a los muertos en la guerra de Afganistán, por
citar sólo algunos. Quiera Dios que el recuerdo de esas experiencias tan
dolorosas ayude a la humanidad actual, de modo especial a las generaciones
jóvenes, a rechazar cualquier forma de violencia y a respetar cada vez más la
dignidad humana, salvaguardando los derechos fundamentales inherentes a ella,
particularmente el derecho a la libertad religiosa.
6. Juntamente con el
recuerdo del genocidio de los judíos, quisiera aludir a los crímenes
perpetrados por el poder político contra la comunidad musulmana presente en
Ucrania. Pienso, en particular, en los tártaros deportados de Crimea a las
Repúblicas asiáticas de la Unión Soviética, que ahora desean volver a su tierra
de origen. A este propósito, quiero expresar mi deseo de que, mediante el
diálogo abierto, paciente y leal, se encuentren soluciones adecuadas,
salvaguardando siempre el clima de sincera tolerancia y de colaboración
concreta con vistas al bien común.
En esta paciente obra de tutela del hombre y del
verdadero bien social, los creyentes deben desempeñar un papel peculiar. Juntos
pueden dar un claro testimonio de la prioridad del espíritu con respecto a las
necesidades materiales, por lo demás legítimas. Juntos pueden testimoniar que
una visión del mundo fundada en Dios garantiza también el valor inalienable del
hombre. Si se quita a Dios del mundo, ya no queda en él nada de verdaderamente
humano. Sin mirar al cielo, la criatura pierde el horizonte de su camino en la
tierra. En la base de todo auténtico humanismo se encuentra siempre el
reconocimiento humilde y confiado del primado de Dios.
7. ¡Queridos amigos!
Permitidme que os salude así al término de este encuentro familiar. A todos
vosotros, a vuestras Iglesias y organizaciones religiosas de Ucrania renuevo mi
estima y mi afecto. Es grande vuestra misión en este histórico comienzo de
milenio. Seguid buscando juntos sin cesar una creciente participación en los
valores de la religiosidad en la libertad y de la tolerancia en la justicia.
Esta es la aportación más significativa que podéis dar al progreso integral de
la sociedad ucraniana.
El Obispo de Roma, que durante estos días se
hace peregrino de esperanza en Kiev y en Lvov, abraza a los creyentes de cada
ciudad y de cada aldea de la amada tierra ucraniana. Os asegura a vosotros y a
todos su recuerdo en la oración, para que el Altísimo derrame sobre vosotros su
gracia. Dios, Padre bondadoso y misericordioso, os bendiga a vosotros, aquí
presentes, así como a vuestras Iglesias y organizaciones religiosas. Que
bendiga y proteja al amado pueblo ucraniano, hoy y siempre.
(©L'Osservatore Romano - 29 de junio de 2001)
ZSI01063003
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