Maria la Nueva Primavera – Reflexion Pascual

- Silvia Cabrera

Nosotros, los seres humanos, fuimos la corona de la creación, dándonos dominio y responsabilidad para cuidarla y el gozo de servirnos de ella. Pero los seres humanos rompimos ese compromiso sagrado desobedeciendo el deseo del Padre Dios. Durante los siglos la creación gime esperando la redención.

Al tiempo escogido por Dios, una simple niña aldeana fue escogida y preparada como una nueva creación para ser portadora del “Nuevo Orden”. Dios le dio la libertad al igual que a los primeros seres humanos para escoger o rechazar su pedido. Lo más alto de la Nueva Creación, Jesucristo, Dios hecho hombre, le fue confiado a María de Nazareth. En su respuesta a Dios Padre: “Hágase en mí como has dicho”(Lc.1:38). María creó algo así como una nueva primavera para Dios. Trajo juntas la antigua y la nueva creación. Jesús vino a morar entre nosotros.

María estuvo allí bajo la cruz al Jesús morir. La muerte no pudo destruir la nueva creación. El Hijo que María dio a luz resucitaría otra vez. No existen referencias bíblicas que indiquen que María presenció la Resurrección de Jesús. Existen, sin embargo, historias de la posibilidad de Jesús y María encontrarse después de la Resurrección. Existen, además, reflexiones de este silencio único de la Escritura sobre este asunto. El hecho de que María tomara parte en la jornada de la vida de Jesús nos hace pensar… por qué no en su Resurrección. El Papa Juan Pablo II ha hecho resonar lo que la mayoría de los teólogos han dicho sobre esta pregunta: “¿Podría alguna forma narrativa captar y expresar el momento de la Resurrección del Hijo en el corazón de la Madre? En esencia, existen momentos, especialmente los más poderosos encuentros de amor, donde no hay palabras para expresarse”.

La tradición de la Iglesia nos enseña que María estaba presente en la Iglesia naciente, después de la muerte y resurrección de Jesús. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo dice con claridad (Hechos 1:14). ¿Experimentó María el gozo Pascual? De hecho que
sí, junto a la Nueva Creación de la Iglesia.

ALEGRATE MARIA,
ALEGRATE MADRE
Tú llevaste su Cuerpo en tu seno virginal, llevaste en ti al Dios Hombre. Luego, le diste a luz una noche en Belén, lo cargaste en tus brazos como niño. Lo llevaste al templo el día de la Presentación. Tus ojos, más que ningunos otros, vieron la Palabra Encarnada. Tus oídos le oyeron desde sus primeras palabras. Tus manos tocaron la Palabra de Vida, (Jn.1:1). “Reina del cielo, Alégrate! Al que diste a luz, ha resucitado!” Tú, lo llevaste más que en tus brazos, en tu corazón.

Particularmente durante sus últimas horas cuando estuviste parada bajo la cruz, a los pies de tu Divino Hijo condenado a muerte. Tu corazón fue atravesado por la lanza del dolor de acuerdo a las palabras del anciano Simeón.

Compartiste el dolor de tu Hijo en tu corazón maternal. ¡Oh Madre, tú consentiste a la inmolación de la víctima que habías preparado! Amorosamente consentiste con ese amor que Él había implantado en tu corazón; con un amor que es más fuerte que la muerte y más fuerte que el pecado en toda la historia del hombre en la tierra. Y, entonces, al Él exhalar su último suspiro – y lo habían bajado de la cruz--descansó una vez más en tus brazos. Los mismos brazos en los que había descansado cuando era bebé… y entonces, lo pusieron en la tumba, lo tomaron de tus manos maternales y lo entregaron de nuevo a la tierra.

Sellaron la tumba con una gran piedra. ¡Más, miren ahora, la piedra ha sido movida y la tumba esta vacía. Cristo, a quién diste a luz, ha resucitado, aleluya. Reina del cielo, alégrate. Este es el día del gozo Pascual de la Iglesia. Todos compartimos de tu gozo, Oh Madre. La Iglesia entera se regocija de tu Hijo, la palabra encarnada!
Oh María, aunque no te vemos en los relatos de la resurrección, todos fijamos la mirada en ti. Nos fijamos a tu corazón. La Iglesia entera comparte tu gozo pascual. Ruega por nosotros. Acompáñanos en nuestro caminar como pueblo de Dios, por las veredas en las que brilla la Luz de Cristo. No permitas que esa luz jamás se apague. Esa luz de la nueva vida, que es Cristo mismo. Amén.


Credit from the Springfield's diocesan paper, The Observer, with permission.