Rosario

1) Una Corona de Rosas.

“Rosario” significa corona de rosas. La rosa es, dicen algunos, la flor más hermosa y la más explícita en el amor; la más significativa para regalar a quien se ama. Por su magnificencia, su esplendor, su fragancia, su sinfonía de colores inflamados, la rosa parece estar aspirando siempre a reina de las flores. Reina de las flores, y flor para las reinas. Una corona de rosas evoca la primavera, la alegría, la juventud, el ardor, el fuego amoroso...

De por ahí le ha debido venir el nombre a esta manera de rezar a la Virgen. Alabanzas, piropos como rosas... Piropear a la Virgen María, repitiéndole ciento cincuenta veces “su” oración: el Avemaría. Mientras tanto, revivimos, como si participáramos en ellas, escenas de su vida tal como nos las cuenta el Evangelio o la tradición. Le ofrecemos esas rosas como metidos en esos episodios de la vida de María y de Jesús: ¡ son inseparables!

¿ Qué hacemos, en el fondo, cuando rezamos el Rosario? Nada menos que decirle a la Virgen diez veces, cincuenta veces, y hasta ciento cincuenta veces: “Te quiero”. Ciento cincuenta rosas para ti, María. Ciento cincuenta piropos para nuestra Madre.

Piropos sí, porque el Avemaría está compuesto de lo más hermoso que un ser humano ha podido jamás oir. Piropos inspirados por el mismo Dios: el saludo del ángel Gabriel en la Anunciación, algunas palabras de su prima Isabel en la Visitación, y una segunda parte inventada por el cariño de los hijos de la Iglesia.

2) Una Oración con sabor a Eternidad:

La primera parte del Avemaría es, y será ,una oración eterna, siempre conservará un sabor de eternidad: hasta los ángeles pueden decirla y repetirla por los siglos de los siglos. Y cada uno la dice a su propio lenguaje.

Ciento cincuenta veces “Te quiero”. Pero estas ciento cincuenta Avemarías no se rezan de seguido, sino que se reparten de diez en diez, formando lo que llamamos “decenas”, cada una de las cuales va precedida por el rezo del Padrenuestro , la oración que nos enseñó Jesús, hijo de Dios e hijo de María. Se termina cada una de esas decenas con una alabanza a la santísima Trinidad, el Gloria al Padre..., ya que María está íntimamente relacionada con cada una de las tres personas divinas.

Para cada decena se nos propone la contemplación de un misterio. Tal vez las palabras “contemplación” y “misterio” nos asusten. Puede parecernos de algo muy elevado y difícil, demasiado “místico” para nosotros. No, la palabra contemplación significa sencillamente mirar, echar una mirada con simpatía, con gozo, con cariño. Es recuerdo amoroso. Como cuando miramos con el corazón, el retrato de una persona amada; como cuando miramos una fotografía que nos recuerdan “episodio” de nuestra propia vida de la vida de alguien a quien queremos mucho. Episodio: eso queremos decir con la palabra “misterio”. Episodios de la vida de Jesús y de María. Al contemplar esos misterios, casi sin darnos cuenta, nos sentimos como metidos en ellos. No hacen falta palabras para contemplar, basta “recordar”, es decir, volver a traer al corazón un episodio de la vida de Jesús.

3) Los quince misterios:

Estos misterios se han distribuido tradicionalmente en tres series de cinco decenas cada una: son los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos.

Los Misterios Gozosos se refieren sobre todo a la infancia de Jesús:

1º) la Anunciación del ángel Gabriel a María;

2ª) la Visitación de María a su prima Isabel;

3º) el Nacimiento de Jesús en Belén;

4º) la Presentación de Jesús en el Templo;

5º) Jesús perdido en Jerusalén y encontrado al tercer día entre los doctores en el Templo.

Los Misterios Dolorosos nos recuerdan la Pasión y muerte de Jesús:

1º) su Agonía en el huerto de los Olivos,

2º) la Flagelación por los soldados romanos;

3º) la Coronación de Espinas, con la que los soldados se burlaban de él;

4º) la Cruz a cuestas: Jesús caminando penosamente hacia el Calvario;

5º) su Crucifixión y muerte entre dos ladrones.

Los Misterios Gloriosos nos hacen mirar hacia el cielo para contemplar el triunfo de Jesús y de María:

1º) la Resurrección de Jesús;

2º) su Ascensión a los cielos;

3º) la Venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés;

4º) la Asunción de María a los cielos, y finalmente,

5º) su Coronación como Reina del Cielo y de la Tierra.

Como puede verse, el Rosario nos recuerda toda la vida de Jesús; es como un compendio de los misterios de nuestra fe.

La Iglesia nos recomienda que recemos los misterios gozosos los lunes y jueves; los dolorosos, los martes y viernes; los gloriosos, los miércoles y sábados. El domingo se pueden rezar los más adecuados al tiempo litúrgico que se está viviendo: por ejemplo, los dolorosos durante la Cuaresma o los Gloriosos en el tiempo Pascual.

4) Los misterios de la monotonía:

Pero uno es libre de contemplar otros misterios de Jesús y de María; por ejemplo, la adoración de los Magos o la huida a Egipto; el encuentro con la Samaritana o la unción de María Magdalena...

Por otro lado es muy aconsejable “ir rezando los propios misterios de la vida de cada uno. Podríamos llamarlo: la cuarta serie de misterios: “los misterios de la monotonía de la vida”, ya que en nuestra vida cotidiana no todo es gozoso, doloroso o glorioso. Hay muchas actividades que, en sí, no tienen mucho de “misterio”. Pero se convierten en importantes por el amor con que se hacen. Jesús vivió la mayor parte de su vida en el anonimato más absoluto y su vida se diferenciaba muy poco de la de sus contemporáneos. Pero eso mismo es un “misterio”: el misterio de un Dios que se hace hombre y asume todas las pequeñas alegrías y servidumbres de una vida humana pobre.

Por eso, ¿por qué no contemplar el “misterio” de María yendo por agua a la fuente, o lavando la ropa, o haciendo la comida; el “misterio de Jesús, el “hijo del carpintero”, ayudando a José en el trabajo, o a su madre en el hogar; la muerte de José; la despedida de Jesús, cuando, llegado el tiempo, se va a cumplir su misión; la soledad de María?. Tantos pequeños sucesos que forman la trama de cualquier vida, de la nuestra, de la de todos, de la que también participó Jesús.

El desafío más hermoso del Rosario es descubrir que cada uno de nosotros podemos identificar lo que nos sucede en la vida, transformándolos en “misterios de monotonía, de salvación” , rezándole a la Virgen a partir de esos sucesos concretos, para aprender a vivirlos como Jesús y María lo harían.

5) El Rosario y la Vida: Rezando nuestra propia vida.

En el Rosario unimos nuestra vida a la de Jesús. En efecto, echamos primero una mirada a la vida del Señor (al episodio que hemos llamado “misterio”), pero luego volvemos la vista a nuestra propia vida, a la de las personas que llevamos en el corazón, a lo que nos acaba de contar un amigo, a la vida del mundi entero, a las últimas noticias llegadas a través del diario o la televisión...

¿ Por qué no ? Todo puede ser “rezado”. Es un manera estupenda de hacer lo que hacía la Virgen, ya que dice el Evangelio que “conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lc. 2,19;2,51). Es decir, que procuraba ver todas las cosas a la luz de Dios.

¿ Resulta complicado ? Bastante menos de lo que a primera vista puede parecer. Total: una mirada a Jesús, otra a las necesidades de este mundo ( o personales), y ¡ a rezar!... aunque sea distraídamente.

El rezo del Rosario está al alcance de cualquiera... De cualquiera que tenga, o quiera tener, sencillez de corazón. Hace falta un corazón de niño para comprenderlo y aceptarlo.

6) Entrando en la órbita de Cristo:

“El Rosario lentamente meditado en familia, en comunidad o individualmente, os hará entrar poco a poco en los sentimientos de Cristo y de su Madre, evocando todos los acontecimientos que son la clave de nuestra salvación”

Son palabras de Juan Pablo II en el mes de Mayo de 1980. Esto es muy cierto. Pero no es menos cierto que el Rosario rezado “distraídamente” puede ir surtiendo los mismos efectos .

Que nadie se escandalice de lo que acabamos de decir. El rezo personal del Rosario permite una libertad muy grande. Se puede rezar por partes, a trozos, del médico: unas Avemarías o una decena. Lo mejor es llevar un pequeño Rosario en el bolsillo, o un “decenario”, para ir pasando discretamente las cuentas. Pero me atrevo a añadir que, en estos casos, no hay que preocuparse demasiado por llevar las cuentas exactas. El hacerlo así crea un ambiente, un “aura”. Es una buena manera de ponernos en la presencia del que está siempre, silenciosa pero realmente, presente en nosotros y con nosotros.

Es cierto que puedo rezar muy recogido en la intimidad de mi habitación, en un rato de silencio en una iglesia o capilla, en la soledad del campo.

Y conviene hacerlo así de vez en cuando. Pero rezarlo en el ajetreo de un día de clase o de trabajo, en los lugares por los que transcurre mi vida diaria, acaba como impregnando de Dios esos tiempos y lugares. Voy por la calle, mis pasos resuenan en el asfalto, me cruzo con tanta gente desconocida, mis oídos estallan con los mil ruidos ciudadanos, mil mensajes publicitarios solicitan mis miradas...pero mi mente, mi corazón y hasta mis labios repiten interiormente, tal vez medio distraídos, ¡eso no importa nada!, las palabras eternas del ángel, de Isabel, de la Iglesia de todos los tiempos. Esto no impide la atención a las personas y cosas; al contrario, la hace más honda y más serena.

Cuentan que en la última guerra mundial, desde una trinchera y en medio del estruendo del bombardeo, un soldado escribía una carta a su madre.

Uno de los compañeros le dice:

-¿Como puedes escribir una carta con todo este jadeo? Te debe salir llena de faltas, de borrones, de frases incoherentes...

- No importa- le contesta el otro-. Las faltas a mi madre no le importan; ya las corrige ella. lo importante es que le escriba.


Resource: Alejandro Cañadas