ZENIT, 26 de
octubre de 2000
"SANTO
TOMÁS MORO APARECE COMO MODELO DE SANTIDAD PARA LOS LAICOS"
Carta de políticos de todo el mundo al Papa pidiendo su patronazgo
CIUDAD DEL VATICANO, 26 oct (ZENIT.org).- Políticos de todo el mundo han
escrito una carta al Santo Padre pidiendo que Santo Tomás Moro fuera declarado
patrono de los gobernantes y los políticos. La respuesta positiva del Papa ha
sido dada a conocer hoy por el cardenal Roger Etchegaray. Ofrecemos a
continuación el texto completo de la carta de los políticos a Juan Pablo II.
Beatísimo Padre, la figura del mártir Santo
Tomás Moro suscita desde hace siglos la sincera veneración del pueblo
cristiano. Además, el mundo de la cultura y el de la política profundizan en
los múltiples aspectos de su vida y de su obra con estudios cada vez más
prolijos y con un interés creciente, tanto en el ámbito de los saberes teóricos
como en el de los prácticos. La bibliografía especializada aumenta
constantemente y presenta características muy significativas: en primer lugar,
une a autores de diferentes iglesias y comunidades cristianas (Sir Thomas More
figura en el calendario litúrgico de la Iglesia Anglicana de Inglaterra como
"martyr"), así como de variadas confesiones religiosas, y no faltan
entre ellos los agnósticos, dato que testimonia un interés verdaderamente
universal. Además, del estudio de esa bibliografía se desprende una admiración
que, más allá de la contribución de Santo Tomás Moro en los distintos sectores
en que actuó --como humanista, como apologeta, como juez y legislador, como
diplomático o como estadista--, se concentra en su figura humana: si la
santidad es siempre, de por sí, plenitud también de lo humano, en el caso de
Santo Tomás Moro este hecho es especialmente tangible.
Ya el predecesor de Su Santidad en el solio de
Pedro, el Papa Pío XI, en la Bula de Canonización, lo propuso como modelo de
probada integridad de costumbres para todos los cristianos y lo definió
"laicorum hominum decus et ornamentum". Y la creciente atracción que,
precisamente entre los laicos, ejerce esta extraordinaria figura nos habla de
una presencia que con el paso del tiempo se hace cada vez más viva, más
incisiva, más permanentemente actual.
Santo Tomás Moro aparece como el modelo ejemplar
de esa unidad de vida en la que Su Santidad ha cifrado la expresión específica
de la santidad para los laicos: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene
una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida
profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su
vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida
cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así
como también de servicio a los demás hombres» (Exhort. apost. Christifideles
laici, n. 17). En Santo Tomás Moro no hubo señal alguna de esa fractura entre
fe y cultura, entre principios y vida cotidiana, que el Concilio Vaticano II
lamenta «como uno de los más graves errores de nuestra época» (Const. past. Gaudium
et spes, n. 43).
En la actividad humanística --en la que cultivó
desde el inglés hasta el latín y el griego, así como desde la filosofía, sobre
todo política, hasta la teología-- unió el estudio y la piedad, la cultura y la
ascética, la sed de verdad y la búsqueda de la virtud a través de una lucha
interior dura pero alegre. Como abogado y juez, encaminó la interpretación y la
formulación de las leyes (es justamente considerado uno de los fundadores de la
ciencia de la common law inglesa) a la tutela de una verdadera justicia social
y a la construcción de la paz entre los individuos y las naciones. Más
preocupado por eliminar la violencia en sus causas que por reprimirla, no
separó la promoción apasionada pero prudente del bien común de la práctica constante
de la caridad: sus conciudadanos, en efecto, lo denominaron "patrono de
los pobres". La dedicación benévola e incondicionada a la justicia en el
respeto de la libertad y de la persona humana fue el norte de su conducta como
magistrado. Sirviendo a cada hombre, Santo Tomás Moro era consciente de servir
a su Rey --es decir, al Estado--, pero quería, sobre todo, servir a Dios.
Esta tensión hacia Dios permeaba toda su
conducta. Su familia, a la que se afanó por procurar una instrucción de elevado
nivel moral, fue llamada por sus contemporáneos "academia cristiana".
En su faceta de hombre público demostró ser enemigo absoluto de los
favoritismos y de los privilegios del poder: profesó un ejemplar
desprendimiento de los honores y los cargos y, a la vez, vivió con sencillez y
humildad su condición de altísimo servidor del Rey.
Fiel hasta las últimas consecuencias a sus
deberes civiles, se expuso a riesgos extremos por servir a su propio País.
Consiguió ser un perfecto servidor del Estado porque luchó por ser un perfecto
cristiano. «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
(Mt 22, 21): Santo Tomás Moro comprendió que estas palabras de Cristo, que por
una parte afirman la relativa autonomía de lo temporal en relación con lo espiritual,
por otra --en cuanto pronunciadas por Dios mismo-- obligan a la conciencia del
cristiano a proyectar sobre la esfera civil los valores del Evangelio,
rechazando todo compromiso y llegando, si es preciso, hasta el heroísmo del
martirio, de un martirio que él personalmente afrontó con profunda humildad.
Su Martirio, dentro de los límites de la
prudencia con que debe ser examinada la historia imperfecta de los hombres, es
la prueba suprema de esta unidad de valores --fruto de la asidua búsqueda de la
verdad y de una no menos tenaz lucha interior-- a la que Santo Tomás Moro supo
condicionar toda su existencia. Su extraordinario buen humor, su perenne
serenidad, la atenta consideración de las posturas contrarias a la suya y el
sincero perdón de quienes lo condenaban muestran cómo su coherencia se
compaginaba con un profundo respeto de la libertad de los demás.
Precisamente la actualidad de esta convergencia
de responsabilidad política y coherencia moral, de esta armonía entre lo
sobrenatural y lo humano, de esta unidad de vida sin residuos, ha movido a
numerosas personalidades públicas de varios Países del mundo a expresar su
adhesión al Comité para la proclamación de Sir Thomas More, Santo y Mártir,
como Patrono de los Gobernantes. Entre los firmantes de la presente instancia
hay católicos y no católicos: son hombres de Estado que ejercen su actividad en
circunstancias políticas y culturales muy heterogéneas, pero que comparten una
misma sensibilidad ante el ejemplo moreano, un ejemplo fecundo que, por encima
del mero arte de gobernar, comprende las virtudes indispensables del buen
gobierno.
La política nunca fue para él una profesión
interesada, sino un servicio con frecuencia arduo al que se había preparado
concienzudamente no sólo con el estudio de la historia, las leyes y la cultura
de su propio País, sino, sobre todo, por medio de un paciente examen de la
naturaleza humana, con su grandeza y sus debilidades, y de las condiciones
siempre perfectibles de la vida social. En la política encontró su cauce un
asiduo esfuerzo personal de comprensión. Gracias a ese esfuerzo pudo mostrar la
justa jerarquía de fines que, en virtud del primado de la Verdad sobre el poder
y del Bien sobre la utilidad, todo gobierno debe perseguir. Orientó siempre su
actuación en la perspectiva de los fines últimos, esos fines que ningún cambio
histórico podrá nunca anular.
Ahí reside la fuerza que lo sostuvo cuando hubo
de afrontar el martirio. Fue un mártir de la libertad en el sentido más moderno
del término, porque se opuso a la pretensión del poder de dominar sobre las
conciencias, tentación perenne --trágicamente atestiguada por la historia del
siglo XX-- de sistemas políticos que no reconocen nada por encima de ellos.
Fiel a las instituciones de su pueblo --Ecclesia anglicana libera sit, rezaba
la Magna Charta-- y atento a las lecciones de la historia, que le mostraban que
el primado de Pedro constituye una garantía de libertad para las Iglesias
particulares, Santo Tomás Moro dio la vida por defender una Iglesia libre del
dominio del Estado. A la vez estaba defendiendo también la libertad y el
primado de la conciencia del ciudadano frente al poder civil.
Fue mártir de la libertad porque fue mártir de
la primacía de la conciencia, una primacía que, sólidamente enraizada en la búsqueda
de la verdad, nos hace plenamente responsables de nuestras decisiones y, por
tanto, libres de todo vínculo que no sea el propio del ser creado, esto es, el
vínculo que nos une a Dios. Su Santidad nos ha recordado que la conciencia
moral rectamente entendida es «testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio
penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma» (Enc. Veritatis
splendor, n. 58). Nos parece que esa es la lección fundamental de Santo Tomás
Moro a los hombres de Gobierno: la lección de la huida del éxito y el consenso
fáciles cuando ponen en entredicho la fidelidad a los principios
irrenunciables, de los que dependen la dignidad del hombre y la justicia del
orden civil. Y nos parece una lección altamente inspiradora para todos los que,
en el umbral del nuevo Milenio, se sienten llamados a conjurar las insidias
disimuladas pero recurrentes de nuevas tiranías.
Por eso, seguros de actuar por el bien de la
sociedad futura y confiando en que nuestra súplica encontrará benévola acogida en
Su Santidad, pedimos que Sir Tomás Moro, Santo y Mártir, fiel servidor del Rey,
pero sobre todo de Dios, sea proclamado "Patrono de los Hombres de
Gobierno".
ZS00102505
Resource: ZENIT