ZENIT, 27 de mayo
de 2001
Documentación
viva de la Iglesia
EL
CRISTIANO, CIUDADANO DE LA TIERRA… Y DEL CIELO
Palabras de Juan Pablo II en su encuentro dominical con los peregrinos
CIUDAD DEL VATICANO, 27 mayo 2001 (ZENIT.org).- La Ascensión de Jesús al
cielo recuerda a los cristianos que su vida no acaba en la tierra, y que de
hecho son «ciudadanos de la tierra y del cielo». Lo explicó Juan Pablo II este
domingo antes de rezar con los peregrinos en la plaza de San Pedro la oración
mariana del «Regina Caeli».
Ofrecemos a continuación las palabras que pronunció el pontífice.
¡Queridos hermanos y hermanas!
1. Se celebra hoy en
Italia y en otros países la ascensión de Jesús al Cielo. El día tradicional
hubiera sido el jueves pasado, pero per razones pastorales la fiesta ha sido
transferida al domingo de hoy.
La Ascensión de Jesús es un acontecimiento que
ha dejado una huella indeleble en la memoria de los primeros discípulos, tal y
como lo testimonian los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Cuarenta días después de la resurrección, Jesús llevó a sus discípulos al Monte
de los Olivos, «cerca de Betania», y, «mientras los bendecía, se separó de
ellos y fue llevado al cielo» (Lucas 24, 50-51). Naturalmente ellos se quedaron
mirando hacia lo alto, pero pronto fueron interpelados por dos ángeles: «¿qué
hacéis ahí mirando al cielo? Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir
al cielo» (Hechos 1, 11).
2. «En el cielo como en
la tierra»: estas palabras que repetimos todos los días en la oración del
Padrenuestro expresan bien la nueva condición de los discípulos, transformados
por la experiencia del misterio pascual de Cristo. Ellos son al mismo tiempo
ciudadanos de la tierra y del cielo.
En efecto, Cristo se ha convertido en el puente
entre el cielo y la tierra: Él es el mediador entre Dios y el hombre, entre el
Reino de los cielos y la historia del mundo. Unidos a Él en su mismo Espíritu,
los creyentes forman una comunidad nueva, la Iglesia, cuya naturaleza es al
mismo tiempo visible y espiritual, peregrinante en el mundo y partícipe de la
gloria celeste (cf. «Lumen gentium», 8. 48-51).
3. Entre todas las
criaturas, María Santísima ha estado como ninguna otra asociada a este
misterio. Como nueva Eva, de la que ha nacido el nuevo Adán, indica el camino
de nuestro compromiso en la tierra; al mismo tiempo, habiendo sido elevada en
cuerpo y alma al cielo, nos invita a tender hacia nuestra auténtica patria,
donde nos espera la plenitud de la vida en el amor de Dios Uno y Trino.
La Iglesia, mientras se adentra en el océano del
nuevo milenio, no pierde de vista la estrella polar que orienta su navegación.
Esa estrella es Cristo, Señor de los siglos. Junto a él se encuentra su Madre,
que es también Madre nuestra, y que no deja de acompañar a sus hijos en su
peregrinación terrena. A ella dirigimos nuestra mirada con sincera esperanza. A
ella confiamos las esperanzas y los proyectos de la Iglesia, tal y como han
emergido en el consistorio extraordinario que se acaba de concluir. A ella le
pedimos para el mundo entero el don de la paz, mientras con confianza renovada
cantamos el «Regina caeli».
ZS01052705
Resource: ZENIT