ZENIT, 31 de mayo de 1998
Documentación viva de la
Iglesia
Turín, 24 de mayo de 1998
Con la mirada puesta en la
Sábana Santa, deseo saludar cordialmente a todos vosotros, fieles de la Iglesia
de Turín. Saludo a los peregrinos que durante el período de esta exposición
vienen de todas las partes del mundo para contemplar uno de los signos más
desconcertantes del amor doloroso del Redentor.
Al entrar en el catedral, que
muestra todavía las heridas producidas por el terrible incendio del año pasado,
me he detenido en adoración ante la Eucaristía, el Sacramento que situado en el
centro de la atención de la Iglesia y que, bajo apariencias humildes, custodia
la presencia verdadera, real y substancial de Cristo. A la luz de la presencia
de Cristo en medio de nosotros, me he detenido después ante la Sábana Santa, el
precioso lino que puede sernos de ayuda para comprender mejor el misterio del
amor del Hijo de Dios por nosotros.
Ante la Sábana Santa, imagen
intensa y acongojante de un dolor inenarrable, deseo dar gracias al Señor por
este don singular, que exige del creyente una atención amorosa y una
disponibilidad total al seguimiento del Señor.
La Sábana Santa es una
provocación a la inteligencia. Ante todo, requiere el compromiso de todo
hombre, en particular del investigador, para acoger con humildad el mensaje
profundo que plantea a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa
ejercitada por la Sábana Santa lleva a formular preguntas sobre la relación
entre el sagrado lienzo y la vicisitud histórica de Jesús. Confía a los
científicos la tarea de investigar para llegar hasta respuestas adecuadas a los
interrogantes ligados a esta sábana que, según la tradición, habría envuelto el
cuerpo de nuestro Redentor cuando fue descendido de la cruz. La Iglesia exhorta
a estudiar la Sábana Santa sin posiciones preconcebidas, que dan por descontado
resultados que no pueden ser considerados como tales; invita a actuar con
libertad interior y cuidadoso respeto tanto de la metodología científica como
de la sensibilidad de los creyentes.
Lo que cuenta sobre todo para el
creyente es que la Sábana Santa es un espejo del Evangelio. De hecho, si se
reflexiona sobre el sagrado lienzo, no se puede olvidar que la imagen que se
encuentra presente en él tiene una relación tan profunda con lo que narran los
cuatro Evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús que cada hombre sensible se
siente interiormente tocado y conmovido al contemplarla. Quien se acerca a ella
es consciente también de que la Sábana Santa no sólo impresiona el corazón de
la gente, sino que hace referencia a Aquel a cuyo servicio la ha puesto la
Providencia amorosa del Padre. Por lo tanto, es justo alimentar la conciencia
de la preciosidad de esta imagen, que todos ven y que nadie puede explicar por
ahora. Para toda persona profunda es motivo de hondas reflexiones que pueden
llegar a implicar la vida.
La Sábana Santa constituye de
este modo un signo verdaderamente singular que hace referencia a Jesús, la
Palabra verdadera del Padre, e invita a modelar la propia existencia según la
de Aquel que se dio a sí mismo por nosotros.
En la Sábana Santa Se refleja la
imagen del sufrimiento humano. Recuerda al hombre moderno, distraído con
frecuencia por el bienestar y por las conquistas tecnológicas, el drama de
tantos hermanos y le invita a interrogarse sobre el dolor y a profundizar sobre
sus causas.
La imagen del cuerpo martirizado
del Crucificado, al testimoniar la tremenda capacidad del hombre para causar
dolor y muerte a sus semejantes, se presenta como un icono del sufrimiento del
inocente de todos los tiempos: de las innumerables tragedias que han marcado la
historia pasada y de los dramas que continúan consumándose en el mundo.
Ante la Sábana Santa, ¿cómo es
posible no pensar en los millones de hombres que mueren de hambre, en los
horrores perpetrados en tantas guerras que ensangrientan las naciones, en el
abuso brutal de mujeres y niños, en los millones de seres humanos que viven
entre miserias y humillaciones al margen de las metrópolis, especialmente en
los países en vías de desarrollo? ¿Cómo es posible no acordarse con angustia y
piedad de cuantos no pueden gozar de los derechos civiles elementales, de las
víctimas de la tortura, del terrorismo, de los esclavos de organizaciones
criminales?
Al evocar estas dramáticas
situaciones, la Sábana Santa no sólo nos lleva a salir de nuestro egoísmo, sino
que además nos invita a descubrir el misterio del dolor que, santificado por el
sacrificio de Cristo, genera salvación para toda la humanidad.
La Sábana Santa es también
imagen del amor de Dios y del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa
última de la muerte redentora de Jesús. En el sufrimiento inconmensurable que
documenta, el amor de Aquel que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo
unigénito» (Jn 3, 16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes
dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden dejar de exclamar y con plena
verdad: «¡Señor, no me podías amar más!» y darse cuenta inmediatamente de que
el responsable de este sufrimiento es el pecado: los pecados de cada ser
humano».
Al hablarnos de amor y de
pecado, la Sábana Santa nos invita a todos nosotros a imprimir en nuestro
espíritu el rostro del amor de Dios para excluir la tremenda realidad del
pecado. La contemplación de aquel Cuerpo martirizado ayuda al hombre
contemporáneo a liberarse de la superficialidad y del egoísmo con el que con
mucha frecuencia trata el amor y el pecado. Haciendo eco de la palabra de Dios
y de los siglos de conciencia cristiana, la Sábana Santa susurra: cree en el
amor de Dios, el tesoro más grande donado a la humanidad, y huye del pecado, la
mayor desgracia de la historia.
La Sábana Santa es también
imagen de impotencia: impotencia ante la muerte, en la que se revela la máxima
consecuencia del misterio de la Encarnación. El lienzo nos empuja a medirnos
con el aspecto más perturbador del misterio de la Encarnación, que es también
aquel que muestra cómo Dios se ha hecho hombre, asumiendo nuestra condición
humana hasta someterse a la impotencia total del momento en el que la vida se
apaga. Es la experiencia del Sábado Santo, transición importante del camino de
Jesús hacia la Gloria, de la que se desprende un rayo de luz que embiste el
dolor y la muerte de cada hombre.
La fe, al recordarnos la
victoria de Cristo, nos comunica la certeza de que el sepulcro no es la última
meta de la existencia. Dios nos llama a la resurrección y a la vida inmortal.
La Sábana Santa es una imagen
del silencio. Existe un silencio trágico de la incomunicación, que en la muerte
tiene su máxima expresión, y existe el silencio de la fecundidad, que es
precisamente el de quien renuncia a hacerse escuchar por el exterior para
alcanzar en lo profundo las raíces de la verdad y de la vida. La Sábana Santa
expresa no sólo el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y
fecundo de la superación de lo efímero, gracias a la inmersión total en el
eterno presente de Dios. De este modo, ofrece la conmovedora confirmación del
hecho de que la omnipotencia misericordiosa de nuestro Dios no puede ser
detenida por ninguna fuerza del mal; al contrario, sabe hacer concurrir en el
bien la misma fuerza del mal. Nuestro tiempo necesita redescubrir la fecundidad
del silencio para superar la disipación de los sonidos, de las imágenes, de los
cotilleos que con demasiada frecuencia impiden escuchar la voz de Dios.
¡Queridos hermanos y hermanas!
Vuestro obispo, el querido cardenal Giovanni Saldarini, custodio pontificio de
la Sábana Santa, ha propuesto como tema para esta exposición solemne las
palabras: «Todos los hombres verán tu salvación». Sí, la peregrinación que las
muchedumbres están realizando a esta ciudad es precisamente un «venid a ver»
este signo trágico e iluminador de la Pasión, que anuncia el amor del Redentor.
Este icono de Cristo abandonado en la condición dramática y solemne de la
muerte, que desde hace siglos es objeto de significativas representaciones y
que desde hace cien años, gracias a la fotografía, se ha difundido a través de
muchísimas reproducciones, exhorta a ahondar en el centro del misterio de la
vida y de la muerte para descubrir el mensaje grande y consolador que nos ha
sido dado. La Sábana Santa nos presenta a Jesús en el momento de su máxima
impotencia y nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación
del mundo entero. La Sábana Santa se convierte de este modo en una invitación a
vivir cada experiencia, incluida la del sufrimiento y la de la suprema
impotencia, con la actitud de quien cree que el amor misericordioso de Dios vence
toda pobreza, todo impedimento, toda tentación de desesperación.
El Espíritu de Dios, que habita
en nuestros corazones, suscite en cada uno el deseo y la generosidad necesarios
para acoger el mensaje de la Sábana Santa y para hacer de él el criterio
inspirador de la existencia.
Con estos deseos, os imparto a
todos, a los peregrinos que visitarán la Sábana Santa y a cuantos están
espiritual e idealmente unidos en torno a este signo sorprendente del amor de
Cristo, una especial bendición apostólica.
Juan Pablo II
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