María Madre de la Iglesia

- Silvia Cabrera

Es un hecho que, para desarrollar amistad e intimidad con una persona necesitamos conocerla lo más a fondo posible. Por lo menos: ¿quién es?, ¿cómo es? y ¿qué hace? Para conocer mejor a la Virgen María me he valido del libro, El Silencio de María, del Padre Ignacio Larrañaga. La palabra “silencio” es en cierta forma “sello mariano”, ya que así fue siempre su obrar. En la Escritura los que elogian a María son otras personas tales como: Zacarías, Isabel, Simeón y Ana. La humildad y la modestia de María la envuelven en gran silencio y paz.

La vida de María, como discípulo de Cristo, es el mejor modelo de cristiano que tenemos. Y es, además, la fuente de gracia que nos revela quién y cómo es María de acuerdo a lo poco que aparece de ella en las Escrituras. María dio a luz a Jesús en Belén según la carne, y sus primeros días transcurrieron entre persecuciones y fugas. En Belén, Egipto y Nazaret Jesús era nadie sin su Madre. Ella le enseñó a comer, andar y hablar. Fue María, su madre, quien lo cuidó y defendió.

Jesús fue preparando a María a través de una transformación espiritual. El Señor necesitaba de una Madre en el Espíritu. Tal vez por eso Jesús aparece a veces en el Evangelio como subestimando la maternidad meramente humana de María. ¿Quién era María para la comunidad?

La comunidad vivía permanentemente la presencia del Señor Jesús. A Jesús dirigían la alabanza y la súplica. Ahora bien, una comunidad que vive con Jesús y en Jesús, ¿cómo habría de identificar aquella mujer? La respuesta cae por su propio peso: era la Madre de Jesús. Así también se expresa siempre el Evangelio. Mas, en realidad, María era más que la Madre de Jesús. Era también la madre de Juan. Y era también---¿y por qué no?---la madre de todos los discípulos. ¿No era ese el encargo que ella recibió de los labios del Redentor moribundo? Entonces, era simplemente La Madre, sin especificación adicional. Tenemos la impresión de que, desde el primer momento, María fue identificada y diferenciada con esa función, y posiblemente por ese precioso nombre. Esto parece deducirse a partir de la denominación que los cuatro Evangelistas le dan a María siempre que ella aparece en escena.

A pesar de su silencio, María nunca aparece pasiva o alienada. Ella cuestionó al ángel (Lc. 1:34). Tomó la iniciativa al cruzar montañas para ayudar a Isabel en los días del parto (Lc.1:39). Cuando se perdió el niño, la madre no se quedó cruzada de brazos. Ella tomó la primer caravana hacia Jerusalén buscando el niño por tres días hasta encontrarlo. En las bodas de Caná, mientras todos se divertían, sólo ella estaba atenta y se dio cuenta que les faltaba vino. Ella tomó
la iniciativa y sin molestar a nadie
solucionó todo delicadamente pidiendo ayuda a su Hijo y consiguió la solución. En una ocasión cuando la gente decía que la salud de Jesús no era buena, la Madre se presentó en la casa de Cafernaúm para llevárselo… por lo menos para cuidarlo. Por último, en el Calvario, cuando
ya todo estaba consumado y no había nada más que hacer, entonces sí
que ella quedó quieta y en silencio
(Jn 19:25).

Es fácil imaginar qué haría María en las delicadas situaciones de la Iglesia naciente. En la mañana de Pentecostés cuando irrumpió violentamente el Espíritu Santo, ¿acaso no estaba ese grupo presidido por la Madre? (He.1:4).

Los discípulos ya sabían donde encontrar a la Madre: en la casa de Juan. ¿No sería María la que convocaba, animaba y mantenía en oración al grupo de los comprometidos con Jesús? ¿Adónde acudirían buscando consuelo y fortaleza cada vez que fueron azotados, maltratados e insultados? María, que vivía en la casa de Juan, ¿no actuaría ella como verdadera madre de la pequeña Iglesia?, ¡y no solamente de Juan!

No se dice casi nada de la actuación de la Madre en la Iglesia naciente. Esto es fácil de entender, ya que la Biblia fue escrita dentro de ciertas formas culturales, en una sociedad patriarcal, en una atmósfera de prejuicios respecto a la mujer. Es un hecho conocido que tanto en la cultura griega como la romana, así como en el mundo bíblico, para aquel tiempo, la mujer estaba marginada. Considerando esa realidad no era bueno para un escritor destacar la actuación brillante de una mujer. Si no fuera por ese prejuicio, de cuántas maravillas no nos hablaría el libro de “ Los Hechos”, maravillas silenciosamente realizadas por María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.


Credit from the Springfield's diocesan paper, The Observer, with permission.